#0
“El libro es un seguro de vida, un pequeño anticipo de inmortalidad”
Umberto Eco - La Memoria vegetal.
Prólogo
Dicen que todas las oraciones se deben arrancar con letra mayúscula. Que escribir es indagar al interior de uno mismo para desempolvar del cuarto de San Alejo, emociones, memorias, recuerdos, esperanzas y frustraciones que se han ido acumulando allí, como muebles viejos.
Escribir es traer al presente -por un rato efímero- lo que uno teclea y llevar al futuro lo que alguien leerá. Es encontrar los tiempos uno con otro. Es poder dejar que todo fluya.
Comienzo esta aventura de escribir 50 textos de vida y ficción (cuentos, reflexiones, fragmentos, historias) para anticiparme a mi cumpleaños 50 (Enero 24 de 1976 - ) y para darme un regalo que puede ser de humildad (no poder acabar lo que creemos que somos) o de autosatisfacción (de saber que se pudo). Una narración que bauticé inicialmente “Sin cuenta”, para darme y no darme cuenta de ella. Como quien se prepara para recibir una noticia que ya sabe, que ya su mente ha oído, que tiene agazapada entre el cuerpo y el alma, pero igual asiste a la misma y la escucha con emoción.
Solo el tiempo futuro leerá lo que se escribe hoy.
Sé que es un ejercicio no de pensamiento, sino de tecleo. Llevo toda mi vida pensando y queriendo escribir. Ahora es el momento inverso.
Es cierto, siempre he escrito. En el colegio San Carlos en clase de matemáticas o física mientras las fórmulas que no entendía se me volvían letras que si captaba; en la intimidad de mi cuarto en el barrio Las Villas. En servilletas. En papeles de cuaderno. En máquina. En máquina eléctrica. En computador. En Blackberry. En iPhone. En post its. En fin, en donde me dejaran… pero nunca he publicado más allá de periódicos y revistas sobre temas que son míos, pero que no son mi yo total. Nunca he publicado desde mi intimidad pensando en desvestirme, desde ese ser que me habita y que yo habito, desde ese cuarto de San Alejo que entró en remodelación y crisis de mitad de vida y ahora tiene vidrios.
Hace unos meses, saliendo de conversar donde un amigo, luego de hablar sobre literatura y el arte de escribir, y lo complejo de hacerlo, pensé que aunque ya sabía que sí podía escribir, -la mecánica- no sabía si era capaz de hacer 50 temas de verdad antes de mis cincuenta como un ejercicio de valentía, como un acto más que de vanidad, de superar miedos, y dejar que otros, ustedes, me lean, me leyeran, me juzgaran y tuvieran en su poder el permiso de seguir o la indiferencia de abandonar.
Cada texto tiene ese reto, lograr que sigan las letras como un puente que no termina, o abandonarlo como un abismo.
Ese día, a mitad del 2024 y luego de salir de donde mi amigo, concluí que debía intentar, y dejar que los conejos negros -como los llamaba Julio Cortázar- saltaran sobre la página como si estuvieran en el campo y acabaran de ser puestos en libertad.
Ese día, mi amigo me dijo que visualizara el lanzamiento del libro, la presentación del mismo, y que escribiera. Ese día, de camino caminando -en un trayecto de no más de 700 metros- tomé la decisión de escribir ese “Sin cuenta”, de bautizarlo aún antes de saber qué y cómo saldría. De escribir unas semanas después este prologo sin tener aún que prologar.
Al final, escribir es arriesgarse, es despellejarse, es encontrar la forma de hacerlo. Lo difícil es encontrarla y mantenerla, como quien encuentra el ritmo de carrera en una maratón donde puede avanzar y avanzar sin tocar el muro.
Por eso, me he prometido buscarle el espacio de horas de oficina, para que las musas lo encuentren trabajando, como decía que decía alguien (¿Dalí?).
Este es el inicio de esta disciplina, o de esa indisciplina de dejar que salgan las palabras, porque escribir es en el fondo eso, tener la disciplina mental de no hablarse solo en voz baja, con susurros, sino también de ponerlo en la pantalla y luego publicarlo, y la indisciplina y la no autocensura de no querer dejar que el orden sea el que domine.
Dejar de hablarse a uno para hablarles a otros, como un moribundo que vaticina otros mundos, en lenguas que nadie entiende, aunque el muera por dentro.
Espero que el texto luego esté en video, en podcasts, en impreso, para que cada cual lo lea, oiga, vea como quiera. Lo que me importa, lo que me reta es eso, que trascienda a mí, a mi voz interior y se vuelva externa, que el megáfono de mi cerebro se abra como un grifo de agua en la mañana.
Somos eso, lo que nos decimos, lo que escribimos, lo que la vida en 50 años me ha permitido acumular en mi cuarto de San Alejo de dimensiones claras, ni muy grande ni muy pequeño, y al que entro en la noche, cuando nadie me ve, pero que ahora quiero ponerle luz para que otros vean.
Darle las llaves a todos, y que ellos decidan si las usan o no.
Somos candados que otros indagan.
Escribo, en preámbulo largo a mi cumpleaños, porque en el fondo hacerlo es conversar de nuevo con mis vidas pasadas. Con ese niño que por allá en séptimo grado del CSC, descubrió que había algo que le permitía escribir y no solo teclear, dejar las palabras allí en el papel, como reflejo de su alma. En ese entonces aprendí que hay talentos que cada cual tiene, auspicios como diría luego en unos años un ser del más allá y que hay que usarlos para que no se llenen de moho y la verdad, yo, aunque cultivé ese talento, no lo dejé salir solo a la calle hasta ahora. Por eso, luego de la conversación con mi amigo, y oyendo el eco de otra amiga que antes me lo había dicho, entendí que la única manera de vencer los miedos propios es poner el espejo en todas partes de la casa. Es mirarse a los ojos, es tener la valentía no de salir del laberinto sin mirar en él, sino de irlo descubriendo de a poco, con disciplina, pero además con vocación de monje.
Espero de verdad acabar los 50 textos. Acabarlos con energía y amor, con los dedos incompletos pero con el alma intacta o viceversa. El ejercicio ha sido así: escoger 50 o 70 palabras que me representan, tacharlas, sumarlas, restarlas, dejarlas en espera, ponerlas de titular, ponerlas en un listado – como nos gusta a los humanos hacer listas, como poner en fila a personas a ser fusiladas- y luego ordenarlas aleatoriamente, para que sea el azar el que trace la ruta. Luego escribir sobre ese tema. Lo que hay en mi que quiere decir sobre él. Cada semana un texto, ojalá un texto al menos por vez, y poder en Enero 24 del 2025 lanzarlas al agua, de a gotas. Lanzarla cada semana hasta enero del 2026 al mar abierto, a que naden o naufraguen, a que tomen aire…
Hay imágenes que me persiguen por la vida, y una de ellas es la del agua al entrar a una piscina. Esa visión de ver el mundo desde lo subterráneo, con claridad, con una paz y sin ruido. Amo entrar al agua clara así, con los ojos abiertos, exhalando una vez antes de perderme por unos cuantos segundos, que parecen eternos, y pensar que la vida es eso: flotar en una nada mientras el mundo afuera resiste.
Siempre he dicho que no soy yo quien escribe, pero que se parece a mí, que hay un ánimo que se toma las letras y coge fuerza y teclea, en desorden, como mi mente, y que luego revisa.
La tarea difícil no es escribir una novela, decía Murakami, sino escribir la segunda, la tercera, la cuarta. Seguro, este primer texto, introductorio, no será el complejo… abrir el grifo, sino los 50 posteriores; dejar que el agua sea lluvia y tormenta. Pero bueno, ese es el ejercicio que luego se limpiará, esas son las gotas de agua que caen, esa es la lógica de quien escribe para por fin vencer ese miedo y llegar contando a los 50, sin cuenta… Yo no sé qué pasará. Solo sé que hay que empezar. Que hay que dejar que el alma llegue a las yemas de los dedos.
Empiezo con la emoción de quien sabe que el cansancio mental llegará, y que hay una probabilidad de repetirse, aunque no quiera, y que su casa y memoria esté llena de espejos que se enfrentan el uno al otro. Como un Borges con feng shui.
Este cuarto de San Alejo se ha abierto por fin, quizás no mucho, pero se ha abierto. La grasa empieza a fluir por las rendijas de la puerta, por las bisagras; quizás el tiempo – pero sobre todo la disciplina- permita que los dedos se calienten mientras tocan las letras que miro, o quizás solo se evaporen, como cuando se guarda por años un líquido en un frasco y al abrirlo ha cambiado su composición. Ojalá lo guardado se haya fermentado para saber mejor, ojalá los 50 años me cojan con la capacidad de saber que toda frase empieza con mayúscula, pero que no toda termina en punto final. Siempre seremos suspensivos.… Somos tiempo que se consume como palabras que se van.
Una paradoja de que escriba para celebrar mis 50 años, y solo el tiempo sabrá si las palabras sobrevivirán más allá de este momento en que las tecleo…
Por ahora, aun es temprano todavía.
Julio 16 de 2024


Lindo texto. Muy personal pero puedo identificarme con el gusto de escribir. !Muchos éxitos!
De acuerdo con cada palabra! No hay nada mejor que una risa, de esas que se sienten en el alma, de las que no dejan hablar ni terminar el cuento y que dentro de uno, esa risa es todavía más fuerte.