#1 Carcajada
“La risa, el remedio infalible” Selecciones de Reader's Digest.
# 1 Carcajada
Alguna vez, como a los 22 años o por ahí, tuve una cita a ciegas con una mujer a la que una amiga había presagiado que podíamos salir y compaginar. A los tres minutos de recoger a esa persona, o incluso antes, dando la curva de la casa, sabía que no iba a funcionar. Lancé dos o tres frases provocadoras, con algo de humor y juego de palabras, y no hubo respuesta. No hubo silencio siquiera. No hubo nada.
Me sentí entonces en el lugar equivocado. Prestado. Esa era mi manera de ser, mi tarjeta de presentación, mi pase de gol, mi acorde inicial. Pero no hubo nada. No sé si fue un tema de momento, de entendimiento o simplemente falta de conexión.
De pronto no era una buena frase. De pronto era mi culpa. Pero ese instante, esos minutos, confirmaron la sospecha desde el principio, como diría en otro orden el Chapulín, y entendí que quien no entiende ese lenguaje, quien no compadece al otro, quien no abre la puerta de la habitación a la risa, quien no entrega su sonrisa amigable, al menos de sparring, no iba a funcionar conmigo en una batalla larga.
La risa es la cuota inicial de la carcajada. Muchos han tenido que pagarla a plazos. Hipotecarla. Pagarla una y otra vez. Otros, la han podido comprar de contado. Pero como muchas cosas, es un momento espacio tiempo que todos queremos tener por más de una vez.
Soy un convencido de que hay que sospechar de quien no se ríe. O de quien censura su risa o la de otros. “No se ría” es una bofetada que no se debe soportar. Una ofensa que no va conmigo. Hay que huir de quien nunca ha soltado una carcajada, de quien la burocracia de la vida le ha quitado esa posibilidad. Se la ha apaciguado.
Hace muchos años, en medio de una obra del Águila Descalza, Carlos Mario Aguirre, uno de los dos protagonistas, dijo una frase en medio de su monólogo que marcó mi cabeza: "Toda risa es subversiva. El humor es subversivo." No me acuerdo de más. No sé de qué era la obra ni en qué lugar la dijo. Solo sé que en medio de la obra esa frase se me instaló y me acompañó por el resto de la vida. Como si me la hubiera tatuado en mi alma adolescente. Entró a mi cabeza por la puerta abierta y allí, se estableció para siempre.
Desde entonces creo que la risa, y las carcajadas son un activo que no se puede decomisar. Un acto subversivo sin trincheras donde escampar.
Por eso me encanta estar con un amigo que se ríe duro, como si un megáfono tomara la vida. Me gusta rodearme de personas que lo saludan a uno con un cuento o una historia graciosa. Me gustan los que provocan juegos de palabras para que la risa se dé.
En mi vida siempre ha habido risas. Muchas. Por malos chistes. Por buenos. Por juegos de palabras. Por herencia de familia. Por desgracias y fatalidades. Reírse es parte de la acción cotidiana de sístole y diástole de mi boca y de mi familia. Reírse es herencia de una mujer como mi mamá y mi tía, que vivían alegres, que se reían duro, que siempre buscaban la salida al callejón.
La risa es el remedio infalible, como decían en Selecciones de Reader's Digest.
Me acuerdo, por ejemplo, de estar sentado en la mesa familiar jugando juegos de mesa, y hacer de la risa una forma de unión. Me acuerdo de mi hermano imitando voces. Me acuerdo de mi mamá haciendo muecas. Me acuerdo de mis sobrinas llorando de risa. Me acuerdo de mi papá y algunas de sus frases.
La risa es memoria que no falla. No sé por qué uno no se acuerda de su primera carcajada, si debería ser como un bautizo ante la vida. No la bocanada de aire, sino esa primera vez que las cosquillas nos produjeron felicidad, ese momento en que se conectó el cerebro con el cuerpo de una manera única. Inigualable.
A veces pienso qué seria si una mañana, un hombre se despierta y se mira al espejo y al mirarse no hay risa. No hay reflejo. No hay gesto. Espejo roto. ¿Quién ya no existe, el espejo o el hombre?
Por ello, sufrí la pandemia, porque nos borró la sonrisa y su multiplicación a carcajada. Dejamos de existir un rato. Nos la limitó el tapabocas. Fueron las épocas más aciagas. La pandemia cortó esa conversación de labios. Risas interruptus. Fuimos pobres en el encierro con tapabocas y egoístas, porque la risa es también un acto para el otro.
Sé, de primera mano, y oí hace poco, que no había nada peor que aquel que lanza un chiste o un gracejo y nadie se ríe, porque ahí hay una sensación de estupidez y ridiculez total, pero qué le vamos a hacer si hay quienes vamos lanzando chistes –generalmente malos y algunas veces buenos– con la esperanza de que hay días donde todos se ríen más fácilmente, donde siempre habrá alguien que agradezca esa risa como un náufrago al que lanzan una botella o un salvavidas.
Tengo amigos que celebran todos los chistes, que usan la risa como si fuera una forma de amistad. Me caen bien. A ellos se los agradezco, porque sé que no importa si es bueno o malo lo que uno dice, si produce o no carcajada, sonrisa o apenas una comisura en los labios. Pero que ese gesto es un puente para muchos abismos.
El poeta Miguel Hernández dijo alguna vez en uno de sus poemas: “tu risa me hace libre, me da alas” y aunque se refería a otro tema, para mí es parte de lo que me mueve en la vida. Reír me hace libre, es un acto subversivo, y ojalá sonoro que a veces termina en carcajada.
Reírse es una forma de ser en el otro. Al final, somos el ritmo que le ponemos a la risa. Somos risa y son. Somos la rutina de la carcajada. El activo subversivo que sin ella, genera una vida totalmente vacía y sospechosa.


Andrés, esoty de acuerdo con su relato sobre la carcajada.
Soy de los que rie duro, que trata de hacer algún chiste en todas las reuniones, ya hasta le ponen apodo a mi humor.
He usado la risa para mis conferencias y la verdad que la gente se conecta mejor.
Los que comparten una historia que da risa se vuelven cómplices de la manera más deliciosa