#10 Cicatrices
“Las cicatrices enseñan. Nos recuerdan que el pasado fue real.” Papa Roach
Todos tenemos una cicatriz. Todos tenemos heridas que no se quitan ni se tapan con ningún tatuaje. Marcas que la vida nos ha puesto en la piel y que nos han enfrentado a duelo. Todos tenemos memorias de batallas que dimos, y que en la mayoría de caso perdimos.
A. descubrió a los 19 años y 15 días, que tenía una nueva en un lugar donde no conocía que se podía tener. La sintió allí, donde se le formó. A. aprendió que el corazón era un órgano que se podía romper desde afuera, sacar del cuerpo, herir. El amor no correspondido fue una cicatriz que lo marcó entonces y que lo acompañó por un buen tiempo.
A. se sentaba a llorar desolado en las esquinas, deambulaba por las calles, estaba ido, se sentía roto por dentro. Lloraba en solitario. A. había sido herido, y no sabía cuánto duraría en curarse o si algún día lograría curarse.
A. cada mañana intentaba quitarse esa herida, lavársela, olvidarla, pero su cabeza no lo dejaba. Su alma no lo dejaba. Hay tormentas que persiguen ciudades, hay ciudades que viven en la tormenta. Todos tenemos una ciudad y una tormenta que no cesan, que se encuentran, que se lastiman. Todos fuimos A. alguna vez.
Las cicatrices del alma duelen, marcan, nos definen. Las cicatrices que otros nos proporcionan en nuestra propia piel, aún más. Las cicatrices de jóvenes envejecen con nosotros.
Velas que generan sombras.
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La primera cicatriz de la que tengo memoria ocurrió el día del atentado a Luis Carlos Galán, aquel 18 de agosto, en Soacha, cuando vi a mi papá llorar en el estudio de la casa, mientras veíamos las noticias. Fue la primera vez que lo sentí decepcionado, frágil, roto por dentro. Como si el disparo también hubiera sido a él.
No hay perfección ni paraíso sin costillas rotas.
Luego vinieron decenas más, por motivos propios y ajenos; cuando mi hermano cometió un error; cuando mis hermanas pasaron por sus propios calvarios, cuando X. Y. Z. vivieron los suyos. Eran cicatrices ajenas, pero me marcaron como una herida prestada porque las vi en otros aunque las sentí en mí. Las vi en personas que amaba y que pensaba eran inmunes a esas heridas.
Después, yo mismo me infligí mis propias cicatrices (cientos): mis errores, mis impulsos, mi incapacidad de parar, mi estúpida forma de defenderme atacando al otro, mi ego, mi propia debilidad.
Nos vamos creando de a poco, no como quien deja una huella, sino como quien la recoge. Somos migajas que vamos dejando y luego recogiendo por la vida.
En la juventud me marqué con ese buen amigo del colegio con el que crecí, una cruz en el brazo izquierdo con un vidrio. Era un pacto de sangre inocente. Era la promesa de amistad que se hace a los 15 años, pensando que la vida es un tren de alta velocidad y no uno que para en cada estación. Era una cicatriz autoinfligida, una para no olvidar la amistad.
Hoy sé que las cicatrices permanecen aún en los callejones de la memoria; que a veces salen, como quien busca un camino en las encrucijadas, y que otras pernoctan sin que nadie las motive. Lo bueno y lo malo de las cicatrices, es que no se sienten hasta que se vuelven a mirar y se recuerda la historia.
A. se acostumbró a vivir con ellas, a esa imperfección de saberse no solo humano, sino frágil, de palabra, obra u omisión. Por su culpa, por su gran culpa... con esa cicatriz judeocristiana con la que él nació, y que por años intentó quitarse de encima. Un pecado que heredó sin darse cuenta.
A. conoce bien sus cicatrices. Las puede recorrer y contar como quien enumera lunares. Sabe cómo se las hizo, sabe a qué saben, sabe de su causa, de su dermis, de cómo se metieron primero en su cabeza, después en sus manos, y finalmente en su cuerpo para siempre.
Somos cicatrices que no se quitan. Somos esas heridas de guerra que nos impiden llegar intactos a la batalla final. Y está bien. Un cuerpo y alma sin cicatriz es un cuerpo y alma que no ha vivido la guerra, que se ha atrincherado en sus miedos y no ha alzado la cabeza para dejarse atacar.
Hay una película de Emir Kusturica que me gustaba mucho por allá en mis veinte: “Underground”. Era sobre una comunidad que se escondía debajo de la ciudad -en túneles- en medio de la guerra en los años 40. Lo interesante es que, aunque se ocultaron en esa década, cuando salieron de nuevo a la superficie, 50 años después, la guerra continuaba. Era otra guerra, la de los 90 en Serbia, pero para ellos era la misma.
A veces pasa con las cicatrices lo mismo: la piel se nos marca en el mismo lugar aunque sean otras guerras y otras batallas, otros heridos, otros dolores. A veces marcamos sin saber a otros.
Todos llevamos heridas de guerra, aun en tiempos de paz.
Hay quienes mueren en su propia cicatriz y no batallan otras guerras. El amor y el desamor es una cicatriz que marca y define. Tal vez la primera cicatriz de todos. La de A. la mía, la de cualquiera. Tal vez la más fuerte. Con ella se aprende a vivir, a portarla, o al final a volverse soldados sonámbulos sin trincheras.
Quien no tiene una cicatriz de amor, no tuvo nunca una guerra.
Hay otras cicatrices que ocurren en la vida profesional. Que lo rompen a uno por dentro, aunque no dejan huella por fuera: fracasos cuando un consejo no sale bien, cuando una crisis se convierte en una hecatombe, cuando se duda y se duda y se llora en medio de la ducha. En silencio. Cuando la vida pareciera que fracasa…
Hay una imagen que me acompaña. Estar sentado en una tina, mientras el agua cae. Estar anestesiado mientras las gotas recorren el cuerpo, mientras él, ahí, yo, en flor de loto, siente que todo terminó. Que hemos fracasado. Cuando el agua de la bañera le recuerda el sabor de las lágrimas y se confunden en una sola gota.
Todos hemos estado allí. Todos hemos sido habitantes de un fracaso que nos dejó cicatriz.
Somos no las guerras que vivimos, sino los diálogos de paz que tenemos. Somos remordimientos de lo que no tuvimos y recuerdos del futuro. Somos cicatrices que nos recuerdan que al final somos de carne y hueso. Somos cicatrices que la vida no borra. Somos borradores de un guionista que usa los momentos para marcar cicatrices. Somos “ALT CONTROL DELETE” pero en otro orden.
“Confieso que he vivido”, escribió el gran Pablo Neruda. “Confieso que he vivido”, digo yo mientras pienso en todas mis cicatrices. Mientras pienso en la cicatriz inicial. Confieso que tengo el alma llena de heridas, enlistadas, como un abecedario entero.
Me miró al espejo, escribo, y sé que toda cicatriz es un recuerdo sutil de la vida, recordándonos de que la herida fue cierta. De que estuvimos vivos. De que allí donde pensamos que moríamos, renacimos de nuevo con más fuerza para la vida.
Somos cicatrices que envejecen para recordar que la piel no muta del todo, pero que el alma puede que sí.


Va con la canción “the first cut is the deepest”
Gracias Totales !