#14 Símbolos
“Las cicatrices son la historia de nuestro cuerpo, la memoria de cada caída,el mapa de nuestras guerras internas”. Alfonsina Storni
Nadie me llevó a conocer el hielo. Fui solo, y fracasé.
Eran once desconocidos para mí, junto a mí, en el mismo ritual. Ellos iban en grupos de dos o tres. Yo iba en solitario, como me gusta enfrentarme a algunos retos. Como me gusta ir a ciertas guerras que sé que perderé.
Primero fue una sesión de relajación y estiramiento con un experto en apnea. Luego, el calentamiento y, finalmente, meterse a una tina gigante de hielo con esos once desconocidos. Se suponía que uno disfrutaba la experiencia, que uno se mantenía allí por cinco minutos y su cuerpo entraba en una conexión única.
Piel y hielo. Hielo y alma.
Yo, la verdad, fui el primero en meterme y el primero en salirme, antes de los 90 segundos. Fui el que menos resistió de todo ese grupo de personas naturales su inmersión en hielo, fui al que la cabeza le jugó más llamadas de auxilio. 911, cerebro. 911, cerebro.
Salí llorando por dentro, con las lágrimas congeladas, habiéndome sentido frustrado por una sensación que los otros desconocidos —luego entendí— disfrutaron. Se relajaron. Sufrieron. Aguantaron. Se limpiaron por dentro con un hielo por fuera.
Yo no fui capaz.
Ese día de regreso a la casa, entre taciturno, congelado y triste, salí con una cicatriz nueva en el alma. Y entendí que hay símbolos que nos marcan, y que conocer el hielo de esa forma, para mí, era haber ido a una guerra que perdí. No era el hielo, era lo que significaba.
No sé por qué sentí el ardor en los dedos del pie como una molestia normal, pero como una angustia intolerable en el alma. No claudiqué por la piel, sino por la mente. Una ansiedad y una rabia total en el cuerpo, que no aguanté, se instaló en mi cabeza e hizo trinchera en mi memoria. Hay quienes brincan hacia sí mismos, y otros que huyen hacia afuera.
El hielo fue desde ese día, un símbolo no de mis temores sino de mis flaquezas. Un recordatorio de mi fragilidad.
No sé por qué siempre me han gustado los símbolos. Hacernos una cruz con un vidrio en la adolescencia con Pavita en el colegio, como un pacto de sangre inútil. Ponerse un arete o dos, pintarse el pelo de azul, usar el uniforme de fútbol de una forma…incluso, cuando a los 18 años hay que registrar la firma, hacer una pensando que iba a ser famoso y hacerla corta para que fuera fácil de usarla en los autógrafos… Pensar en un tatuaje que nunca me puse pues Millonarios no quedó bicampeón.
En fin. Escribo esto en mi preludio a los 50, pensando que hay muchos símbolos que nacen con nosotros. Un lunar en mi caso, justo abajo del pecho y arriba del esternón, que ha crecido conmigo. Una herencia para recordarme siempre quién soy, para identificarme en una morgue, para hacerme distinto, para saber que sí era yo:
De pequeño, mi tía Lucía, la hermana mayor de mi papá, cuando me portaba mal mientras ella me cuidaba, me decía que si yo era el del lunar o no, porque el del lunar era juicioso. Y yo me alzaba la franela, lo miraba, y aunque lo tenía y sabía que era yo, seguía haciendo malabares, diciéndole que no, que era otro Andrés.
Somos eso: los símbolos con los que luchamos y los que nos marcan.
Las marcas que quedan de las luchas. No los objetos, sino lo que los objetos generan en nosotros.
Un día, poco antes de escribir este texto, íbamos cuatro amigos corriendo por la ciclovía, un día normal de domingo. Conversaciones, alegrías, charlas sin sentido pero profundas, como todo fondo de atletismo. Cuando de repente, me caí.
Así de simple. Porrazo y a tierra. Un bolardo me hizo zancadilla. Mi cuerpo fue liviano y voló sobre el asfalto de la carrera Séptima en Bogotá, en la calle 106. Una caída cualquiera en un domingo cualquiera. Una bobada, diría yo. Una bobada en realidad. Las manos quedaron ensangrentadas, el dolor del raspón fue leve, la sensación de levantarse y andar fue la mejor opción. No fue lo que pasó, sino lo que siguió: La jartera de lavarse el cuerpo y sentir que la piel arde y se pega.
Algunas horas después, cuando miré el moretón en la mano, pues el dolor seguía, vi el dedo que contenía el anillo de matrimonio totalmente inflamado, morcilludo, empezando a ponerse morado y rígido. No había forma de sacarlo con vaselina ni con tantos trucos que luego oí. La presión del dolor era cada vez mayor. La rigidez, peor. No era el anillo, era el símbolo.
Dure 16 años cargando el anillo allí, y de repente, sabía que lo tenía que sacrificar para salvar al dedo. Tenía que ir a una clínica para romperlo. Al final, lo que encontré en el camino fue una ferretería -no una IPS propiamente- y allí con un instrumento llamado corta frio lo rompí. No era el anillo, ni el oro, era lo que significaba.
Somos símbolos. Hielo y anillo. Temor y compromiso.
Mientras lo rompía, pensé en mi matrimonio y en lo que significaba. Pensé cuando me lo puse ese sábado de noviembre y lo hice parte de mí. Pensé en Juliana esperándome en la casa, pensé en que ese anillo era nuestro símbolo, nuestro tatuaje, un mensaje a los otros de un amor mutuo. Recordé que en nuestro casamiento el padre no leyó el Padre Nuestro, los amigos siguieron de fiesta como yo de luna de miel, y donde al final juramos y nos comprometimos…
Pero ya roto, en el fondo, era apenas un ringlete de oro abierto. Como una huella dactilar que se quema. Nada que no se pudiera reemplazar. El objeto. No el símbolo.
Somos el compromiso que tenemos, no los símbolos que lo señalan.
En el fondo, era apenas una piscina de hielo. En el fondo, eran apenas mis temores y mis acuerdos en diferentes órdenes. El anillo no era mi amor, pero era importante para mí y para Juliana.
Somos tan frágiles ante ciertos retos, tan entregados a vacíos que no entendemos. Yo, con los pies congelándose o con el anillo cercenándose. Yo, pensando en tantas cosas a la vez, como si fueran palabras en una sopa de letras que me hacía mamá en la infancia. Yo allí, mirando como nos miran. Ojos de otros. Al final, el hielo fue más que agua condensada a X temperatura. Al final, el anillo fue más que un pedazo de oro.
Me acuerdo de la cueva de Altamira y de cómo pintaban allí nuestros antepasados para poseer ese animal que ya no tenían en las manos, pero que capturado en el dibujo era de ellos. Para siempre. Que los poesía. Que los poseía.
Me acuerdo de saber que hay signos y símbolos, como me enseñaron en clase de lógica, y que siempre me han maravillado. Me acuerdo de que, al final, las palabras son también significantes y significados. Somos eso: símbolos para no olvidar, símbolos para recordar, hechos que se convierten en recuerdo y recuerdos que son símbolos. Cicatrices no por los objetos sino porque al igual que un moribundo, somos las escenas que lo protagonizaron.
Todos tenemos algún tatuaje que nos recuerda lo que nos ha pasado en la vida. Heridas (simbólicas) que nos recuerdan que fuimos a muchas guerras y, aunque ganamos algunas y perdimos otras, no quedamos indemnes. Nunca quedamos indemnes. Estrés postraumático de la vida misma.
Nada grave, nada que no nos permita sobrellevar. No es el hielo, es la muerte. No es el anillo, es el compromiso.
Somos eso: memorias hechas símbolos.


¡Qué belleza!
Gracias por estas historias, por conectarnos, por hacernos imaginar.
Gracias. me encantan tus escritos. los disfruto mucho