#16. Café
“Me preparé un café fuerte y me senté en la mesa de la cocina. Afuera estaba oscuro, y dentro de mí también.” Haruki Murakami en "Tokio Blues”
Siempre hay un café pendiente. Esperándonos. Todos tenemos al menos uno en cita a ciegas, y otro que se nos quedó a medias.
Todo café es una conversación conjugada en tiempo.
Somos los cafés que nos tomamos para conocernos a nosotros mismos y veces para conocer a otros. Somos los cafés que propiciamos. Somos esos diálogos pendientes que tenemos.
Recuerdo a mi tía abuela Marguis (una mujer alegre, extrovertida, risueña, que le tocó habitar una época mojigata) que se tomaba todos los días un tinto, su tinto, con elegancia y placer.
Ella dejaba marcado el pocillo con lápiz labial, como parte de su ritual. Recuerdo que en una de las visitas a la casa que ella compartía con mi abuela, en la calle 45, en el barrio Teusaquillo, yo, de unos 8 o 9 años, le robé un sorbo de ese pocillo y probé el café por primera vez.
De tanto verlo allí, sobre la mesa de noche, sobre un mueble, sentí la curiosidad y me lancé al encuentro. Era un café dulzón y feo, pues le echaban azúcar (y seguro, de vez en cuando, algún que otro licor), hecho en greca, y que se preparaba en las casas para que durara todo el día. Un café artesanal de la época, un tinto básico.
No era una bebida para niños, me habían dicho, y era cierto. Todo tiene su tiempo, y el café no es la excepción. Ese primer café no me gustó, no me conectó, ni supe tomármelo. Esa primera cita a ciegas salió mal. No estaba listo para él, ni él para mí.
Dicen que el tiempo del café es perfecto, y por eso me demoré mucho en volver a intentar probar uno. No era la época de los Juan Valdez ni de los Starbucks. No era la época de los cafés en cada esquina, ni de las máquinas en las casas. Era una época de café hecho en greca, servido con elegancia cuando había visita, pero tomado con cotidianeidad cuando no la había.
Un café simple, oscuro, fuerte.
Un café para el que yo no estaba listo. Casi ninguna cita a destiempo termina en romance. Luego, tuve muchas otras citas más que rechacé. Me lo volví a encontrar en diferentes espacios (reuniones, estudiadas, visitas, etc.), y no sé por qué lo esquivé. Ni en la universidad, ni cuando fui periodista en El Espectador, quise tomarme uno. El café pasaba todo el día al lado mío y yo lo evadía.
Pero luego, como suelen pasar las mejores cosas de la vida, le di —me di— una segunda y tercera oportunidad. Nos conocimos más íntimamente. Nos dimos tiempo y distancia. Desde entonces, el café se convirtió en parte de mi vida y en mi excusa para conversar conmigo y con otros. Una excusa con ritual.
En la mañana, es el inicio del mío. En silencio. Mi monólogo. Luego, en el día, se convierte en mi puente para tener diálogos, para tener excusas y reunirme con otros, para tener encuentros.
Hoy, deambulo buscando conversaciones con sabor a café.
Somos los momentos en que conocemos a otros. Somos esos encuentros donde tiempo y espacio funcionan. Somos tiempo, donde las manecillas de horas y segundos se conectan.
Vivir y trabajar en Bogotá, ser colombiano, implica que siempre hay espacio para un tintico o un cafecito, ya sea para hacer negocios, para actualizarse con amigos o para conocer a desconocidos. No hay tinto que se le niegue a nadie, ni nadie que niegue un tinto.
Hace unos años leí que en Nápoles hay un concepto llamado café pendiente, donde uno paga por un café adicional que se queda en espera, en hold, ahí, al acecho, para que alguien que no tenga la plata para comprarlo, pueda tomárselo. Me encanta por lo simple y lo profundo: siempre hay un café a la espera.
Somos eso, ese café pendiente con otros, que no sabemos que nos han servido. Somos café conjugado en el tiempo. No porque no podamos pagarlo, sino porque aún no es el momento. Somos rituales que aprendemos de viejos. Somos ese libro que se lee a sorbos de café. Somos esa conversación genuina que se tiene. Somos ese momento en el que, en una mesa, invitamos a los otros, a que nos conozcan más.
El café es un ritual, mi ritual, esa palabra, como decía el gran Cortázar sobre el amor.
Me impresionan las palabras que tienen doble significado como el café: es la bebida, pero también es el espacio. Binomio perfecto.
Casi todos los días, desde que me volví emprendedor por allá en el año 2021, me tomo un café con alguien en un café. Hago de mi rutina mi ritual. De mi ritual, una rutina. Reuniones de 45 minutos o de máximo una hora para conversar, para conocer, para reconocer. Diálogos en lugar de monólogos. Relaciones.
Mi terapia de psiquiatría siempre incluye a otros, y claro, a un café.
Me gusta además ir a los cafés que ahora deambulan por la ciudad, porque siempre que lo hago, pienso en los antiguos poetas colombianos, como León de Greiff, y los cafés de la Jiménez, como El Automático, donde no solo tomaban café (envenenado), sino que además tertuliaban, conversaban y terminaban en noches de bohemia.
Pienso que cada reunión puede ser el inicio de algo más profundo.
Hoy se, que todo café es una excusa. Una comunicación. Una confesión postergada.
Al final, somos y seremos los cafés que nos tomamos, los rituales que aprendemos de viejos, los libros que leemos a sorbos, las conversaciones genuinas que tenemos. Somos cafés pendientes.
Estas palabras saben y huelen a pasado, saben al café de mi tía abuela Marguis, en la casa de la calle 45, en Teusaquillo, porque saben también a lo que ha sido mi vida.
Ese café, como cualquier otro, me lleva a ella y a ese pocillo que era suyo, y lo marcaba con sus labios, como queriendo decir que allí reposaban sus palabras, su energía, su forma de ver la vida con alegría.
Diálogos silenciosos.
Todos tenemos un ritual con las bebidas. Con un café o con un trago. Todos tenemos al menos uno pendiente en cita a ciegas, y otro que se nos quedó a medias.
Todo café es una conversación posible, un dialogo intimo e interno.
Todo café es un monólogo que a veces nos tomamos con otros, para conversar con nosotros mismos.


Café !! no lo puedo negar...me encanto. Lo admiro mucho.
Tenemos q tomarnos el café pendiente !!