#17 Nostalgia
“Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”. Cesar Vallejo
Tenemos solo un sentido: el del recuerdo. Somos lo que fuimos y seremos lo que somos.
Siempre he sido nostálgico. Añoro los helados chicos de CreamHelado que compraba en mi infancia. Añoro las idas a comer un pedazo pizza con mi mamá en el centro comercial cercano a la casa. Añoro la tienda de barrio donde me comía sagradamente una Lecherita y unos chicles Sour. Añoro el balón Mikasa que tuve. Añoro tiempos, amigos y espacios.
Me gusta escribir porque hacerlo es volver a ese pasado. Este libro es eso, nostalgia disfrazada de hormigas negras. Mi pasado. Mi historia. Mi nostalgia. Se escribe en pasado, aunque se teclee en presente. Se escribe para que se lea en futuro como estábamos en ese ayer.
Me gusta leer historias y biografías, ficción, más que otras cosas, para vivir esas vidas de otros en mí, para saber en una biografía como eran a mí misma edad, para entender cómo era el mundo de antes, el barrio donde crecimos, la casa que habitamos.
Soy uno de esos seres que extraña al momento. Soy un nostálgico en el ahora.
Añoro lo que pasó. Atesoro imágenes como las manos de mamá y olores, como el de la colonia de mi papá, y aunque nos los llevo en mí, de repente se aparecen.
Colecciono libros, muchos de los cuales no he leído ni una página, guardo papeles, momentos. Me desfragmento y soy un rompecabezas de vida. Tengo un baúl lleno de escritos a mano, con hojas amarillentas que llevan ahí, 40 años, al achecho.
Juego a diario a cerrar los ojos e imaginar cómo era mi cuarto de infancia, como era mi primera habitación de soltero, como era mi barrio, el apartamento en Barcelona que habité. Como era él o como era ella. Me gusta recordar fotos de amores y amigos que fueron y no están, ver a mis hijas chiquitas, ver el día en que me casé, mirarme en las fotos del pasado con los ojos del hoy.
Somos nostalgia, porque es nuestro vínculo con el tiempo, nuestra forma de mirar el retrovisor. Allí donde fuimos felices, siempre queremos regresar. Allí donde sentimos vínculo siempre queremos habitar. Somos nudos que no se desenlazan. Allí donde sembramos, queremos construir. Pienso en ese poema “El olvido que seremos”, que Borges escribió y que Hector Abad visibilizó. Pienso en el ayer, para vivir el hoy. Para tenerlo presente, no como tiempo, sino como regalo.
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Abigail se levanta todas las mañanas queriendo regresar a su pasado. Cierra los ojos. Piensa que tiene ese superpoder. Se enfoca en su memoria. Siente cómo va pasando por esas casas que habitó de camino al hoy. Recorre sus pasos. Se concentra con tanta fuerza que siente que está allí. Mira el reloj, mira el calendario. Mira sus pasos. Pero siempre, al abrir los ojos, se da cuenta de que no ha viajado ni un ápice. El reloj, el calendario, es el mismo. Ella sigue ahí, intacta, inmóvil. No importa el esfuerzo. No importa qué tanto lo desee. Su tren no tiene viaje de regreso. Su avión es solo de ida. Pasa el resto de sus años de vida intentándolo, cerrando los ojos, esforzándose. Gasta su energía en ello. Gasta sus segundos en vivir en pasado. Está siempre ausente pensando para atrás. Sus ahorros mentales se van a bancarrota, su cuenta queda en ceros. No consigna memorias nuevas. De tanto esforzarse en recordar, un día empieza a olvidar que está intentando recordar y se olvida de avanzar. Olvida que intenta, y por lo tanto vuelve a intentar creyendo que es la primera vez. El tiempo pasa, y ella, al final, olvida que quiere recordar… pero también olvida el esfuerzo de querer avanzar. Como no avanza no recuerda, y como no recuerda no avanza. Abigail pierde la memoria de su memoria, y del hecho de querer recordar. Abigail solo vive en el presente, incapaz de dar un paso atrás. Cada día que pasa, olvida que quiere recordar. Su vida es un constante aquí y ahora, sin posibilidad de regreso. Un día, Abigail muere sin envejecer. No tiene memoria. No tiene presente. No tiene nostalgia. No tiene recuerdos, pero nadie la recuerda tampoco. Su olvido contagia a otros de ese olvido. Su memoria no está porque no hay memoria de haber tenido memoria. Abigail no tiene historia. Solo presente.
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No hay nostalgia mayor que la que se vence, esa esperanza de que la experiencia se haga memorable y queramos que no deje de existir.
Tengo nostalgia de canciones. Crecí oyendo la música de mis hermanos y a fuerza de oírla la terminé interiorizando. Todos tenemos túneles sobre los cuales hemos construido caminos. La música se mete en el alma y saca los caminos que ya están cerrados. Todos somos cartas que no llegaron, pero que hoy leemos.
La nostalgia es la forma de la vida de recordarnos que allí fuimos felices, como una cicatriz distante.
Siento nostalgia de mi infancia, de haber sido ese niño rebelde, de haber estudiado periodismo y no literatura, de haber desaprovechado el colegio. De haber dejado ir a uno que otro amor o de no haber soltado uno dañino antes. Siento nostalgia y sé que la nostalgia me siente a mí.
Somos la posibilidad de recorrer caminos de nuevo.
Un gran jefe que tuve y a quien admiro, decía que había un pájaro que volaba al revés para regresar a donde había salido. No le importaba para dónde iba, si no de dónde venía.
Siento nostalgia de las ciudades, de personas, de escenas. Siento nostalgia de esta frase que acá termina.
Al final, siempre habrá quien quiere olvidar su pasado y quienes queremos revivirlo.
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Sé que soy nostalgia y por eso escribo, porque espero en unos años ser lo que escribí leído en presente. No acaparo ya recuerdos sobre objetos, pero sí sobre personas y momentos. No ansío devolver el tiempo, sino recrearlo. Me gusta traerlo al presente.
Siento nostalgia de mi mamá, Nana, de sus comidas, de su cariño, de cuando me miraba, de ella. La siento y la extraño, con esa nostalgia llamada amor. Los seres que amamos cuando se mueren se vuelven invisibles y sólo nos queda la esperanza de la nostalgia para no olvidar.
Aprendí hace poco que la memoria cambia cada vez que la visitamos, como si fuera un archivo de Word que se guarda cada vez, con las modificaciones que le hayamos hecho; que lo que recordamos no necesariamente fue como pasó, sino como lo revivimos al recordarlo.
Siempre pienso en eso y por eso no quiero olvidar la fuente original. Por eso, acudo a la nostalgia para estar acá.
Hoy sé que toda nostalgia es un acto de amor: un homenaje a lo que fuimos, con quien lo fuimos y en el momento en que lo fuimos. Toda nostalgia es un aguacero donde uno sabe que, como en la canción de Pedro Guerra, el agua nunca cae hacia arriba.
Toda nostalgia es un grito de ilusión por el futuro. Una cuenta de ahorros en el presente para el resto de la vida. Tenemos solo un sentido: el del recuerdo


La Nostalgia da vida, recordar y a volver a vivir. Gracias por este nuevo capítulo.