#18 Millos
“El día en que me muera, yo quiero mi cajón, pintado azul y blanco como mi corazón.”
El primer partido de Millos que vi en mi vida fue un Santa Fe - Cali.
Un error de cálculo de mi papá, de programación de domingo, de confusión de calendario, llevó a que dos hinchas azules terminarán viendo al rival de patio. El destino con el azul, sin embargo, era más fuerte y por ende superó ese primer chasco.
Era un domingo a las 3:45 pm, del año 1982. El fútbol tenía ese horario y ese ritual. A ese primer partido recuerdo que caminé desde la casa de mi abuela hasta la calle 57. James “Mina” Camacho tapaba en Santa Fe, y aún recuerdo que se hizo en ese partido un gol pendejo por querer imitar a quien luego sería mi primer ídolo: Alberto Pedro Vivalda.
Mi segundo partido, aunque para mi fue el verdadero bautizo, fue apenas una semana después. Fue un Millos contra no sé cuál rival, porque desde entonces eso poco me importó. Millos era mi herencia y allí estaba a los 6 años reclamándola. Era parte del ADN.
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Somos lo que las personas que amamos nos contagian y mi papá me contagió de amor por el azul.
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Recuerdo de ese primer partido, con nitidez nostálgica, ver a Vivalda con su uniforme totalmente blanco y una gorra, coger el balón en un tiro de esquina, sacar por detrás de su cuerpo, y lanzar pases a un Iguarán que era imparable.
Recuerdo mi primera bandera azul y blanco ondeándola con un tubo Pavco en Occidental; recuerdo que no quise ese día ni los otros comer helado, ni nada de eso, para no perderme ni un segundo del partido; recuerdo que me sentí feliz gritando ese primer gol en vivo y en directo y que fue como una exhalación de alegría para el resto de mi vida.
Ese equipo de Vivalda, Van Tuyne, Molina, Iguarán, Carlos Angel Lopez, entre otros, fue mi primer equipo. El primero que vi y sentí desde la grada.
Un equipo del que me sabía por completo su alineación. Un equipo para el cual me vestía cuando jugaba con los colores del club. Un equipo al que desde entonces y cada domingo me preocupaba por saber los resultados. Un equipo que se volvió como una pequeña obsesión para mí. Un TOC.
Por eso hoy sé que Millos me obsesiona, por él me he peleado, he escrito cartas desgarradoras a la dirigencia de muchas épocas, he trabajado para volverlo una realidad en la nueva era, he vendido acciones, he reporteado partidos, he escrito columnas, he comprado manillas, he coleccionado banderas, camisetas, souvenirs. He hecho locuras por ir a verlo y apoyarlo.
Por él, he empeñado la sonrisa, pero nunca la ilusión.
A Millos le he construido un pequeño altar en mi biblioteca con libros, copas, recuerdos.
Soy hincha siempre pero, sobre todo, cuando las cosas no van bien. Allí, antes que esconderlo, lo porto con más orgullo. Soy azul no por los títulos sino por la herencia. Siempre he creído que es fácil ser hincha cuando se gana, pero que es más bonito serlo cuando nadie cree.
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Hoy sé, que uno nace de un equipo, se bautiza en la casa, pero hay un día en que entra en comunión con él. Yo nací de Millos en 1976, y en el 82, me bauticé. Desde entonces ha sido una religión que no he dejado de profesar, ni de contagiar a mis hijas. Un amor público, sin pena, con orgullo. Un amor de dos.
Soy un hincha confeso y público. Solo hincha de ese equipo. Solo azul. No creo que se pueda amar a más de uno. No me interesan los otros equipos ni las otras ligas. Cuando veo un partido de Europa, de Argentina, o de cualquier liga, lo veo como quien va a cine a una película de terror y no se asusta porque no hay pasión. En cambio, cuando Millonarios juega, así sea el partido de práctica, me emociono, sufro, postergo lo que tengo que hacer. Ese amor es distinto y tiene de sobra emoción.
Al fin y al cabo, cada gol del equipo que amamos, cada triunfo, es una pequeña batalla que le ganamos a la muerte y Millos me ha dado vida. Mucha vida.
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Hay amores que se nos notan porque salen del alma.
Preparando mi matrimonio, por allá en el 2008, en medio de un curso prematrimonial, me acerqué al cura que nos daba esa preparación y, muy serio, le dije que ese domingo en la mañana debía salir al mediodía por un tema personal, y que no podría estar todo el curso. Yo iba vestido de azul (mi color favorito) y aunque no tenia la camiseta del equipo puesto, se me notaba en la piel. Él cura me dijo, mirándome a los ojos: “Hágale tranquilo, que yo también soy de Millos y espero que esa tarde ganemos. Váyase ya al partido”.
Somos, en el fondo, lo que nos mueven el alma, lo que nos marca la piel.
Millonarios es una forma de vida para mí, una que me marca en estos 50 años como una parte del cuerpo. Amo el fútbol, pero amo más a Millonarios.
Millos ha sido mi compañero de vida. He ido al estadio a ver a Millos solo, con amigos, con mis hijas, con mi esposa, con mi papá, con mi sobrina, con desconocidos; he ido en días de sol, de lluvia, de trabajo; he postergado viajes, reuniones, fiestas, encuentros, por estar con él.
Millos es un estado de alma. En mi cédula dice que mi sangre es O+, pero en realidad yo sé de que tipo y color es.
Alguna vez en un pódcast me preguntaron en una entrevista qué prefería: si ver a Millos Campeón de la Libertadores o a Colombia campeona del mundo. Y sin dudarlo dije que lo primero. La selección es un amor colectivo, un acto de pertenencia. Una sonrisa. Millos, para mí, es una parte de mi vida, un amor individual, un acto de convivencia. Una carcajada. La diferencia total entre pertenecer y ser.
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Somos el gol que se grita al minuto 85 de una final ante el rival de patio, somos las lágrimas luego de un tiro decisivo en una definición desde el punto penal contra el rival de odio. Somos la euforia de lo que hemos ganado y el dolor de las derrotas. Somos la gloria que se construye cada domingo.
Somos los aplausos que gritamos con el alma, las pequeñas muertes que vivimos hinchando por Vivalda, Barberón, Espíndola, Iguarán, Van Tuyne, Burguez, John Mario, Mayer, Pedro Franco, Llinás, Maca, y Falcao, entre muchos, muchos otros, que allí, en la cancha siempre me representaron.
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Mi labor como padre —como alguna vez le leí a un amigo y periodista en una columna— fue hacer que los hijos fueran hinchas de mí mismo equipo. No porque sea el mejor del mundo mundial, sino tan sólo para poder compartir cada semana por unas horas esa comunión, ese silencio con un gol visitante, ese abrazo y ese beso con cada gol de local, para poder cantar las canciones juntos, para poder ser eternos en un estadio que es efímero, y para demostrar con hechos y no con palabras, que hay amores eternos.
Yo eduqué a mis hijas desde el amor a Millos. Ana, la menor, decía en el colegio los colores: el rojo, el verde y el color Millos, y eso está bien. Isa, la mayor, cantaba a los 4 años que Millos ya salió campeón… y eso está bien.
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No podía no dedicarle un capítulo a Millos en este libro, porque eso sería no mostrar mi alma ni el amor que me ha acompañado toda la vida.
Millonarios, el equipo de don Alfonso Senior, es mi equipo. Uno que no negocio, no cambio. El que terminé viendo a los 6 años en directo para el resto de la vida, y del cual me aprendí la alineación antes que las tablas periódicas. El equipo del cual sé su historia, sus datos, su origen, como quien entra a una religión y pasa el examen de admisión pero, sobre todo, el equipo que me ha sacado las más dolorosas lágrimas, rabias, pero también me ha dado los más hermosos momentos de felicidad.
Hay imágenes imborrables que se quedan en la cinco con cincuenta del alma para siempre.
Hay pocos momentos tan eufóricos, llenos de llanto y lágrimas, como poder abrazar a mi familia los días que Millos ha salido campeón. En presencia y en la distancia. Hay pocos recuerdos donde el alma sonríe con tanta nitidez. Hay pocos estados del alma tan hermosos como ese: cuando un hincha puede ver a su equipo dar una vuelta olímpica, sabiendo que por años sufrió y no abandonó, y que esa vuelta es un agradecimiento de los jugadores a su hinchada. A él, como parte de ella.
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Mi alma es azul, mi herencia es azul, y se que el día en que me muera, seguiré siendo azul, porque este amor no depende de tiempo ni de espacio.
Al final, somos no como morimos, sino por lo que morimos, y como nos recuerdan, y sé que Millos es una parte de mí, como muchos me recordarán.
Escoger a un equipo no es cuestión del azar, es cuestión del destino. Yo no escogí a Millonarios. Él no me escogió a mí. Los dos nos escogimos y nos encontramos para siempre, el día en que nací.


Majose tenía 39 semanas de embarazo un lunes de finales de Mayo, estábamos esperando a Matías, en una reunión de 3, el médico, Majose y yo, los vi coordinando la fecha para inducir el parto el sgte domingo 3 de Junio. Mi esposa accedió por que era más fácil para mis suegros que no vivían en Bogotá estar acompañándonos.
Me puse firme y no, Matías nace el 4, el lunes. Ese día avanzamos a una siguiente fase con gol de cabeza de Wilman Conde hijo, en el arco sur, faltando 5 minutos para terminar el partido contra el Medellín.
La próxima semana Matías cumple 18 y hoy va junto conmigo y con Martín rigurosamente a ver a Millos.
Gran escrito como siempre Andrés
Excelente barrabas. Frases hermosas y aplicables a cualquier momento de la vida y sentimientos traducidos para todos los hinchas de cualquier color de camisa y lugar en el mundo!