#20 Barrio
“Chico de mi barrio, con la cara sucia y el cabello largo” Valeria Lynch
La infancia lo marca a uno. Yo era el más chiquito dentro de mi grupo de amigos. Ellos me llevaban uno o dos años, pero a los 9 o 10, esa diferencia pesaba. A la otra generación, yo les llevaba uno o dos años, así que preferí siempre ser cola de león y no cabeza de ratón.
Mi infancia fue de barrio. En Las Villas. De juegos de fútbol, de “tarro”, de “ponchados”, de “paredón”, de montar bicicleta, de quedarse hasta tarde cuando las mamás salían por la puerta y lo llamaban a uno para que se entrara.
Fue una infancia de conversadas largas, de peleas, de deambular por los barrios vecinos, de subir Lindaraja en bicicleta, de pasear por Calatrava, de ir a jugar fútbol a Gratamira, de partidos en la Colina Campestre, de visitar los centros comerciales cercanos.
Una vida de barrio que me dio calle. Que me dio conocimiento de una realidad que no era igual a la mía, pero que también era la mía. Que me hizo creer que el mundo era ese, pero también algo más.
Somos los amigos que tejemos en la infancia fuera del colegio. De distintas raíces, de distintos colegios, de entornos diferentes, pero con la capacidad común de sentarnos durante horas a hablar, a andar, a vivir, a jugar, a hacer amistad.
Crecer en el barrio fue un privilegio. La vida se acababa a las 6:30 pm cuando oscurecía y uno se entraba a la casa. Pero los fines de semana, la vida seguía ahí, de largo, casi infinita, desde las 9 am hasta que diera la noche. Igual que en vacaciones.
Una vida que empezaba cuando desde la puerta de mi casa sólo decía "ya vengo" y me iba para la calle, que era una extensión de mi casa; ya vengo y me iba para donde un amigo, para donde un vecino. Conocía sus familias, sus entornos, sus limitaciones y sus opulencias.
Los barrios se parecen a la vida misma, pero nos permiten entrar a un territorio distinto: la casa de otros. Las dinámicas de otros. Una gran familia donde no somos hermanos, pero nos tratan como si fuéramos. Donde nos daban de comer, nos guardaban la ropa, nos entregaban la confianza de dejar entrar y salir así no estuviera el amigo.
Hace poco, corriendo con unos amigos, revisité el barrio. La infancia nos miente. Todo me pareció más feo, más pequeño, más aislado, más inseguro, más vacío. Todos los recuerdos están en blanco y negro en un entorno que antes era de color. Daltonismo de vida.
Mi casa de infancia no se parecía a la imagen que tenía de ella. Las casas de mis amigos ahora eran edificios. El estadio donde jugábamos fútbol era apenas un pedazo de tierra. El espacio gigante donde jugábamos “escondidas” o “tarro” era diminuto, aunque en mi memoria fue grandilocuente. La memoria me fallaba porque para mí ese barrio fue el paraíso.
Ya no vive nadie de los de entonces en ese barrio. Quedan tal vez algunos papás ya pensionados y casi como abuelos. Viven sobreviviendo a la vida misma. Ahí están algunas de esas casas a las que ahora les sobra espacio, pero les falta vida. El barrio ahora es silencioso, sin esos niños que jugábamos, que hacíamos carreras del Tour de Francia, que hacíamos saltos y retos por las bancas, que hacíamos pruebas de equilibrio, de duración…
Éramos, fuimos, pero no seguimos. Mis amigos se fueron, como todos, a sus propias vidas. Rara vez me los encuentro. Rara vez coincidimos como desconocidos de antaño que fueron íntimos de infancia.
Somos eso: recuerdos de lazos invisibles que, cuando se rompen, dejan de estar. Lazos que fueron nudos y hoy solo fluyen.
Sueño mucho con mi casa en ese barrio. Con sus puertas en el garaje. Con una falleba. Con revisar fallas, aspectos de seguridad. Con sus escalones y sus tres niveles, con sus baños y con el estudio. Sueño con el garaje donde jugué fútbol, basquet, tennis, etc. Sueño con mi infancia porque, seguro, nunca quise salir de ella. Aunque sí del lugar. Sueño y recuerdo el barrio, lo dibujo en mi mente, sé cada una de sus casas, cada familia, cada celador, sé sus vericuetos y sus secretos.
No estamos hechos de barro, sino de barrio.
Estamos hechos de esos momentos donde teníamos una libertad que hoy me entristece no poder darles a mis hijas. Antes las casas se construían también para afuera —con jardines y antejardines— que, aunque no eran tan grandes por dentro, eran inmensas. Ahora es al revés: grandes espacios adentro y cada vez más pequeños afuera. Centros comerciales más grandes, clubes, todo, porque la vida de barrio murió, y vivimos de la casa para adentro.
Mi barrio, donde crecí, me dejó marcado para siempre. Me dio calle, me dio libertad, me enseñó. Me puso a hablar de amistad, de diferencias, de juegos con los grandes y con los pequeños. Me llevó al primer amor de la vida, en una esquina, donde una vecina me veía pasar hacia el paradero. Me dio esa libertad de saber que la puerta de la casa es una frontera imaginaria… que un día se cruza para no volver jamás.
Soy parte del barrio.
Soy lo que fui allá: mi infancia, mi juventud, mi niñez.
Soy ese Andrés que montaba bicicleta, que jugaba fútbol, que peleaba, que se escondía, que conversaba en el puente de los pescaditos sin mayor necesidad que ser parte de una pequeña tribu, de esa pandilla que se llama amigos.
Tuve calle, porque tuve barrio. Y tuve barrio, porque había calle.
Somos eso: fragmentos hechos en noches y noches de vacaciones con esos amigos, con esos vecinos que fueron mi familia y luego nunca más lo fueron. Aquellos que miro desde el retrovisor con una sonrisa de alegría. Porque allí me sentía seguro. Porque allí, con ellos, tuve una primera parte de mi vida. Pero, sobre todo, porque allí aprendí.
La infancia sin memoria, sin barrio, es un Alzheimer de la niñez.


Buenísimo! Los recuerdos de infancia son a otra escala y de otro color, me acuerda de la idea de que nuestra realidad es una alucinación controlada: https://lab.cccb.org/es/anil-seth-la-realidad-es-una-alucinacion-controlada/
Es la infancia de toda una generación. A mi, además de estar en la calle y sentirla como una extensión de mi casa me fascinaba lo diversos que éramos. Jugar tarro y escondías era simplemente maravilloso