#21 Caminar
“Ven, sal a la calle, sal a caminar”Compañía Ilimitada
Siempre me ha gustado caminar en soledad, porque es una buena forma de conversar con uno mismo. La mente es un gran sparring de vida. Somos lo que nos decimos mientras nadie nos oye. Somos, también, la rendición de cuentas que nos hacemos a diario.
Aún recuerdo el camino de mi paradero a la casa con nitidez. Eran apenas 300 metros, pero ese momento en soledad, después del colegio, era una jornada rápida de psiquiatría. Luego con el tiempo, me fui volviendo un caminante de la ciudad. Si se puede ir a pie de un lugar a otro, prefiero hacerlo que en carro o en bus.
Me gusta hacerlo, además, oyendo radio, podcasts o música. Oyendo a otros en mis oídos, mientras recorren mi cabeza, y yo la de ellos.
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El walkman no fue el gran invento de la vida, pero en mi infancia, y en la de muchos, fue la primera revolución que sentimos como propia. El primer objeto que nos permitió caminar con libertad. Era comienzos de los 80 y uno aprendía que se podía caminar oyendo su música sin molestar a nadie, al volumen que uno quisiera, con sus pensamientos a total disposición.
El Walkman Sony Amarillo fue perfecto. El juguete de la época. Era estético. Era pequeño. Era portátil. Tenía casete y por ende 45, 60 o 90 minutos de música. Pero sobre todo, era la primera vez que uno podía aislarse del mundo, aun estando ahí. Un juguete de iniciación que luego me acompañó por el resto de la vida.
Hoy sé que es una reliquia que recuerdo no por su tecnología sino por su simbolismo. Luego vino el airpod, y luego el celular con todas sus apps. Hoy, camino oyendo en Spotify lo que mi estado de alma me invite.
Somos los recuerdos de la libertad que logramos de a pocos. La mía empezó cuando me mandaban a la tienda a comprar algo y yo me iba con mis pensamientos y mi música haciendo largo y eterno un camino corto y cercano.
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Siempre me ha gustado caminar. Siempre me ha gustado hacerlo en soledad, pero con compañía. Hay pocos placeres para mí, como ponerse unos audífonos y perderse por una calle. Caminar solitariamente, acompañado de música o de entrevistas. De extraños.
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La infancia se acaba el día en que uno puede caminar solo más allá de la calle de siempre, de ese territorio llamado barrio. La infancia se acaba el día en que uno puede pasar la frontera de su barrio y perderse en otro que no conocía jamás. Somos las fronteras que tenemos. Toda infancia es un acto de caminar más allá de lo conocido.
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Hay símbolos que nos marcan. Objetos que se vuelven míticos. Hoy sé, que más que el aparato, lo que me gustaba era el fondo del mismo. Más que el Walkman, era la sensación de autonomía y de compañía. Crecer en los años 80 fue eso, tener la posibilidad de caminar hasta la casa de un amigo oyendo la música propia, viajar en bus oyendo canciones, una pequeña revolución que hoy parece nimia.
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Todos hemos sido alguna vez caminantes silenciosos y con sonido. Todos hemos establecido conversaciones de fondo con nosotros, con otros, en una buena caminada. Todos aprendimos a conversarnos en silencio. A domar los fantasmas, los miedos, las angustias, pero también a recrear esperanzas mientras caminamos. Todos, creo yo, aunque algunos no hayan podido nunca sintonizar bien el dial.
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Todos hicimos amigos de palabras en conversaciones por calles sin final. Caminar y oír música, podcasts, sonidos, ha sido parte de mi ritual.
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Siempre me ha gustado recorrer las ciudades en distancias cortas a pie. Perderme en ese laberinto llamado ciudad. Me gusta, sobre todo, hacerlo oyendo a extraños conversar con otros extraños y sentirme así que tengo nuevos amigos. Me gusta oír a extraños mientras me busco a mí mismo.
Somos lo que oímos. La banda sonora de nuestro play list.
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En mi infancia me acostumbré a oír radio y por eso hoy creo que la uso tanto al caminar. Mi tía abuela, Marguis, la oía para dormirse en las noches. Mi tío Germán tenía un viejo aparato para sintonizar noticias y fútbol. Mi papá oía radio en el carro. Yo crecí oyendo palabras que le entraban a mi mente provenientes de un dial. Aún hoy, me gusta bañarme con música, con un buen podcast, oyendo noticias. Me gusta dormir la siesta poniendo palabras de otros.
Soy lo que mi infancia me enseñó. Soy las caminatas que hago oyendo a otros conversar.
Somos los caminos que recorremos mientras nos decimos los caminos que podremos algún día recorrer.
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Lo confieso, me gusta caminar oyendo mis propios pasos, y correr oyendo las voces de los otros.
Oír las palabras de otros, como si fueran propias, es conversar con uno mismo. Ir hablando en mente alta, aunque se oiga en voz baja, es un placer efímero, pero mágico. Hay quienes se asustan de su propia voz, y quienes aprenden a conversar con ella.
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Somos lo que nos hace libres, somos esos pasos que damos a lo desconocido a los 10 o 12 años, pasando la avenida Suba y yendo al barrio de al lado. Somos las voces que oímos, las conversaciones que tenemos, somos lo que nos decimos y oímos mientras caminamos, y somos los caminos que construimos mientras andamos.
Al final, todos tenemos una banda sonora que nos acompaña mientras caminamos. Todos tenemos una canción que oímos en un walkman amarillo y que el tiempo ha olvidado.
Todos somos camino.
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Caminar, en el fondo, es oír los pasos de nuestra vida recorriendo los rincones más extraños de nuestra cabeza.
Amo caminar en silencio, para encontrar compañía en medio de mi propia soledad.


Y no hay mejor manera de conecte un sitio que caminar y solo mucho
Mejor porque cuando se encuentra un sitio especial y se observa con asombro el placer solitario es espectacular
Invitación a la aventura y hasta, de golpe, superar la inactividad. Abrazo. me encanto la lectura.