#22 Matrimonio
“Buongiorno, PrincipessaLa Vida es Bella
Era sábado. Era noviembre. Llevábamos cerca de un año y medio juntos. No hubo padrenuestro, pero sí hubo muchas palabras de amor mutuo. La fiesta tuvo la alegría del caso: un mal bailarín como yo abriendo la fiesta con Enrédame de Fonseca, con una gran bailarina como Juliana, ante la mirada de todos.
Justo antes, segundos antes, les había pedido a mis amigos que no me dejaran en la pista de baile solo, que se sumaran rápido y cuanto antes al baile. Pocas cosas me dan tanta inseguridad como bailar frente a miles de personas, pero el matrimonio lo exige.
Luego, la gran fiesta, con momentos de alegría al son de las canciones de 440, algo de salsa, mucho de los 90’s, y claro canciones de Millonarios, comida, trago, rumba... Una fiesta como pocas, en total sobriedad tanto de Juliana como mía. Queríamos estar presentes para disfrutar a los presentes.
Me acuerdo que en esa iglesia inmensa en Subachoque solo esperaba, frente al altar, el momento donde Juliana entrara. Verla caminar, vestida de blanco, emocionada, con esa sonrisa en sus ojos, es el premio de los novios que llegamos primero para disfrutar ver a nuestra novia caminar de la mano de su padre.
Hay imágenes que se quedan en la retina: ver a la mujer que se ama entrar por la puerta, mientras uno ha entrado de la mano de su mamá. Voltear la mirada y verla allí, de blanco, sonriendo. Hay imágenes que se deben traer al presente cuando fallan los recuerdos o cuando se requiere volver a pensar en lo que significa el amor hacia esa persona.
Somos la fragilidad que nos dan los recuerdos de los momentos que nos llevan al pasado.
No practico la fe católica, pero me gustan los símbolos y ritos que hay en ella. Me gusta lo que significa el ritual: casarse, el anillo, el prometerse no un amor para siempre igual al que entra a la misa, sino cotidiano y en evolución, un amor que anda y en el que se necesita, como en el tango, siempre de dos.
Esa ceremonia, de casarme con Juli ante la iglesia, es una de las más hermosas, por lo que significa para el entorno y para ella: la ceremonia de la vela, el intercambio de anillos, las palabras, el gesto. En cada matrimonio se respira un amor que contagia y que marca no solo a los protagonistas, sino a los otros: a los padres.
Ese fue tal vez la última vez que nuestros padres estuvieron juntos de ambos lados. Mamá moriría unos años después, y mi suegro algunos años posteriores.
Somos eso: las promesas que nos hacemos no de que el amor será igual que cuando se inicia, sino de ir aprendiendo a hacerlo como un acto cotidiano y de avance. Una forma de crecer y envejecer juntos. Una forma de evitar el egoísmo. Casarse es aceptar al otro en un momento e intentar un amor para construir. No hay nada dado. Nothing is for granted, y aunque a veces hay neblina siempre hay que avanzar.
Ese 22 de noviembre, como este capítulo #22, es una imagen que siempre está allí, y que aparece en los momentos difíciles. En las discusiones. En los desencuentros. El amor evoluciona, cambia, porque las personas cambiamos.
Amar es no dejar que una herida sea tan profunda que no se pueda reconstruir. El amor es un lazo que une y que es deber de ambos estrecharlo. Somos imperfectos en el querer al otro. Somos apenas parejas que intentan ir evolucionando mientras el otro evoluciona. Todo amor es un acto de serenidad.
Me acuerdo de que la ceremonia de ese día de Matrimonio fue larga, muy larga. Con un cura benedictino que era amigo y oficiante. Que el proceso para llegar allá, para una persona bautizada pero no confirmada como yo, implicó a los 30 años confirmarse, hacer cursos y demás. No por obligación con uno mismo, sino como muestra de cariño hacia la otra persona.
Amar es entregar lo que es clave para uno pero no necesario, y negociar con el otro. Es desprenderse del ego. Amar es un acto jodido —diría uno de mis buenos amigos con su sarcasmo—, pero también es una buena forma de vida. Una forma de nunca ser pero siempre estar.
“El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro”. Decía el gran Jaime Sabines.
A Juli la había conocido por casualidades de la vida. Serendipias. Personas que se han cruzado toda la vida: desde un paseo colegial, pasando por jugadas de fútbol con el hermano y los primos, hasta cercanía con los amigos... y que un día se encuentran como dos gotas de agua. Un día ella va para un restaurante, Andrés Carne de Res, y yo también... y nos cruzamos en el camino, en la ruta, y terminamos desayunando juntos. Compartiendo la vida juntos.
Somos diferentes: ella ordenada, adversa al riesgo, gran bailarina, fiestera, una mujer con talante y mucho, mucho amor para darle a todos, familiar. Yo, desordenado, imaginativo, tieso, taciturno, un egoísta en muchas cosas, familiar. Y es allí donde de repente uno se encuentra. Somos familia. Donde el amor surge con un bien mayor y un objetivo conjunto.
Ahora, con casi 18 años de estar juntos, nos unen no solo recuerdos sino aspiraciones y futuro: correr, las niñas, pero sobre todo, la ilusión de una vejez juntos para estar los dos: viajando, conociendo, conversando, con un concepto extraño de que no haya error de cálculo. En fin, la ilusión de sabernos los dos, como pareja.
Juli es mi otra mitad, mi complemento, una mujer con la que quiero tener conversaciones interminables, mi amiga, mi cómplice, mi cable a tierra, pero también mi ilusión. Verla contenta a ella es una aspiración que nunca debe terminar.
Somos eso: la compañía que nos damos.
Somos eso: la familia que escogemos firmar.
Somos eso: un amor de resistencia, donde como en una maratón, se sufre, se pelea, donde hay kilómetros malos, pero donde hay instantes memorables, únicos, y donde al final, se encuentra lo mejor de uno mismo.
Amar es no claudicar en la conquista mutua, uno del otro. Somos no de quien nos conquista, sino de quien nunca queremos dejar de conquistar.
Por eso creo, como entonces, hace casi 18 años, que el amor es un acto cotidiano. No una locura de un momento. No una promesa loca de juventud, sino un acto de día y noche, donde evolucionamos pero donde los ojos no deben dejar nunca de brillar.
22 de noviembre: una fecha para cerrar los ojos y ver a la novia entrando por la iglesia. Para recordar que ese rito empezó en Bogotá, pasó por Subachoque y siempre acabará en París.
Para querer seguir diciendo siempre mentalmente, “Buongiorno, Principessa”.
Amar a Juli, es dejar un pedazo de uno para siempre en el otro, en un intercambio de ilusiones y esperanzas, es recordar el día de la propuesta de matrimonio, porque no se pide la mano, sino se pide el futuro juntos. Se pide abrir un espacio en el otro para cohabitar allí.
Amar es querer estar con Juli siempre, no por mí, no por ella, sino por los dos juntos.


Matrimonio Juli y Andrés, ejemplo de amor. Y plasmado en un 100% en la lectura del día de hoy. Crack....gracias siempre gracias por compartir y suministrarnos tips.
Genial, que manera de lograr que uno se acuerde perfectamente de ese 22 de noviembre. Presentes para los presentes. Abrazo a los dos, el Padrino.