#25 Funeral
“Quiero un adiós de Carnaval”César Mora, Canela
Somos como vivimos, no como morimos.
Somos los recuerdos que dejamos en la mente de las personas, no ese último adiós que por ritual hacemos. Somos más que un acto efímero de vida, somos futuro que se agota mientras se vive.
No sé por qué nunca me han gustado los funerales. Seguro a nadie le gustan, pero yo he decidido no ir a la mayoría.
He estado en el de mi abuela, mi tía abuela, mi suegro y el de mi mamá, pero de resto en no muchos más. Cuando he ido, o cuando sentía que me tocaba ir, lo hice sintiéndome además incómodo, prestado, absorbido por una energía que no es lo que recuerdo de esas personas a las que fui a despedir.
Me gusta recordar a la gente con su alegría, no con su tristeza. Me gusta recordar sus luchas, no sus claudicaciones. Me gusta pensar que al final de muchas vidas habría que hacer un acto solo de aplausos, y nada más. Me gusta saber que la gente se vuelve invisible, pero no por eso deja de estar.
Somos las personas que llevamos en la mente, las que se nos aparecen en sueños, las que invocamos, las que comentamos, las que —aunque no estén— están. El idioma español es espectacular: estén, aunque ya no están. Como eso de vamos a ir yéndonos.
En fin, no me gustan los funerales, aunque sé que tendré que asistir al mío.
No me gustan porque es un acto que no representa generalmente la vida, porque se queda en el epílogo y no en los capítulos que nos hicieron felices. No me gustan porque ese ritual —al menos el católico— de llevar el ataúd, de exponerlo, de alargar un adiós, hace que haya cansancio y dolor, y no lo que fuimos: vida!
Menos mal, en los últimos años han cambiado mucho los rituales. Cada vez menos salas de velación (espacios terribles para mí), cada vez menos ataúdes entrando y saliendo, y cada vez más actos simbólicos de despedida.
Yo no quiero un funeral. Yo quiero una fiesta a mi estilo. Un acto de conmemoración de amigos y familiares donde se rían de mí, conmigo; donde recuerden las palabras, los momentos; donde haya carcajadas, groserías, donde haya deporte, música, comida; donde el homenaje luego de la vida sea como la vida misma: optimista, alegre, esperanzadora.
Quiero morirme de manera singular...y ojalá con muchas palabras
“Quiero alegría, quiero un gran vacilón
No quiero llanto, tristeza ni dolor
Y mientras dicen que yo fui un buen cantor
Que brinden por la mujer y el amor.”
Quiero un amor de carnaval… como canta el gran César Mora, en Canela.
El mío, la verdad lo quiero y lo pido con muchas sonrisas. Quiero alegría, carcajadas, felicidad. Historias, anécdotas. Así he vivido, así espero que me recuerden, así espero haber marcado.
No me sentiré mal si mis amigos no van, si mi familia no va, porque ese último acto, ese último capítulo, no es lo que marca mi vida. Es solo el epílogo, no la historia conjunta ni continua. Igual, seguro sé que irán.., pero dejó escrito (con mucha mucha antelación) que no quiero que nadie vaya por compromiso, sino por reírnos una vez más, por evocar, no por extrañar.
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Somos libros, no solo el capítulo final, no ese epílogo que no cuenta la historia, sino que deja una fotografía estática.
Hoy sé, que no le temo a la muerte, pero sí al funeral. Le temo porque no quiero que sea lo que no fui.
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No sé cómo comportarme en un funeral, no sé qué hacer ni qué decir (yo, que me jacto de mis palabras). Es cobarde y egoísta, lo sé, pero les huyo. Lo máximo que hago es estar afuera de la iglesia e irme cuando la misa va a empezar, ni siquiera estar en una sala de velación. Como un fantasma que mira a otro fantasma.
Siempre he creído que es genuino no querer estar, sin que eso merme el cariño o el amor, no hacia el que se fue, sino hacia su familia. Al que se fue, tuve toda su vida para demostrarle el cariño, así que espero que no me extrañe allí. A la familia, eso de acompañar es y no es. No se acompaña ahí, se acompaña siempre.
No me gustan los funerales. No me gustan las salas de velación. No me gusta ese olor que tienen, ese aire que se respira, esas colas de personas asistiendo la mayoría de veces por compromiso, solidaridad o por incapacidad de decir que no. Somos cobardes ante la muerte propia y la de los otros.
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Hay una cafetería en Bogotá, justo al lado de un cementerio, llamada La Última Lágrima…
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Alguna vez, una mujer con la que salí me contaba que los elefantes son otros de los seres vivos que tienen un ritual de funeral, un acto simbólico para decirles a los que se van que los que se quedan los extrañarán.
Y está bien extrañar, esa nostalgia. Pero está bien que ese último encuentro sea emotivo desde la alegría.
No importa la razón, la circunstancia, el hecho… igual, todos tendremos una muerte, y el funeral es el único momento donde no estaremos presentes, a pesar de que estaremos allá.
No quiero una misa, no quiero un ritual. Quiero a quienes quiero —y que saben que los quiero— conmigo, allí o en otro lugar, como si estuviera con ellos, contándome sus historias, riéndonos, oyéndolos. No creo en las obligaciones.
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Sé que en algunos de los funerales a los que iré, o a los que he ido, he tratado siempre de aplaudir, de recordar con emoción a las personas, con alegría.
Somos seres extraños en un acto extraño. Aplaudir, antes que llorar, es como cuando se acaba una gran obra de teatro, un gran libro, un gran concierto. Uno no llora, uno aplaude de felicidad de lo que vio.
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Hay una película que vi, y un libro que leí, alguna vez, de una persona que fingía su muerte y funeral para ver qué pasaba allí. Para hacer un acto como de mago que se prestaba a ser espectador de un acto protagónico donde ya no se puede ver.
Pensar en cómo será el funeral de uno mismo es un acto de vida, no de muerte. Es ser un guionista buscando entender un capítulo que no leerá. Es un acto asincrónico.
Somos lo que fuimos y seremos lo que hemos sido, por eso espero que me recuerden siempre como fui y que el acto final sea así: alegre, desordenado, inesperado, pero también familiar.
No nos morimos, solo nos escondemos para que no nos puedan ver, y solo aquellos a los que de verdad marcamos nos pueden sentir.
Escribir es morir un poco, sin tener que hacer funeral…


Así debería ser!! Un acto de alegría por una vida bien vivida
Muy buena historia. Si lo sobrevivo, cuente conmigo para la fiesta de despedida!