#28 Maratones
“La imaginación es la loca de la casa, como decía Santa Teresa, pero también es la que limpia, la que cura, la que salva.”Rosa Montero
Correr cura. Correr salva. Correr limpia.
No sé cuántos manicomios tienen pistas de atletismo, pero debería ser una obligación de salud mental más. Debería haber, a la salida de todo manicomio, una pequeña pista de 400 metros para que los pacientes y acompañantes puedan darse una vuelta, o muchas vueltas, por allí.
No sé si correr nos hace mejores personas, pero estoy seguro de que evita al menos que nos deterioremos aún más.
Correr quita la neblina.
***
Corrí casi 10 maratones en toda mi vida. Corrí casi todas las grandes carreras del mundo, y un día, me jubilé. Me retiré. Le dije adiós a esa distancia mítica de 42,195 kilómetros.
A los 48 años me pensioné. Decidí no correrlas más, y vivir con el hábito de hacer 5 o 10 km al día como parte de un ritual, pero no hacer nunca más 42,195 km.
***
Hay imágenes que tengo en mi cabeza: el último kilómetro de cada carrera. No importa si fue en Miami, Chicago, Berlín, Nueva York o cualquier lugar, ese momento es sin duda no solo el mejor, sino el resumen de la maratón.
Es una pequeña muerte, donde los recuerdos se agolpan, donde las lágrimas se confunden con el sudor, donde el cansancio nos hace alucinar. Ese último kilómetro de cualquier carrera es sublime y trágico, es hermoso y esperanzador. Es dolor y alegría a la vez.
No hay momento tan ambidiestro como ese.
Allí, frente a nuestra propia existencia, somos pasado hecho futuro.
Nos cura el mismo dolor.
***
Corrí por años sin saber de quién huía. Preguntándome a cada segundo en qué momento había dejado de correr.
De niño lo hacía.
Pienso en Murakami, no solo el escritor sino el maratonista, y converso con él.
Correr es hablar con uno mismo, mientras la ciudad pasa.
Correr es sentarse en el sillón de acusados y es la mejor forma de auto-debatirse.
Correr es un diálogo que establecemos con nosotros mismos.
Correr es una forma de curarnos.
Somos los pensamientos que retenemos mientras corremos, y que luego se escapan. Somos los suspiros, los lamentos, los recuerdos, lo que somos mientras estamos en estado de correr.
Decía Rosa Montero en su libro El peligro de estar cuerda que: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza.”
Correr saca esos pensamientos a flote, los desnuda, deja que uno los toque.
Todo el que corre lo sabe.
Correr cura, porque nos muestra como somos mientras avanzamos.
***
Tengo claro que fue en ese 2008–2009 cuando un día volví a correr y cuando meses después decidí inscribirme en una maratón. Sé que en el colegio corríamos el Test de Cooper, sé que dábamos una vuelta por esa cancha de fútbol y esa pista de piedritas, sé que correr era una obligación.
Hoy, es una parte de mi vida. Hoy es un hábito. Es una relación, no una transacción.
Correr me da energía, me presenta amigos, me conversa, me lleva por las ciudades con la felicidad de saber que quien se pierde en ellas se encuentra.
Correr me da libertad.
Correr saca las pistolas y me reta a duelo.
***
Somos, en el fondo, tan frágiles como nuestros miedos y tan fuertes como nuestros deseos.
La maratón es eso: ese enfrentamiento entre los unos y los otros.
***
Al final de la vida, nadie sabrá cuánto corrimos, pero nosotros, en nuestro interior, sabemos que no somos los mismos después de acabar una maratón que cuando la empezamos.
Sobre todo esa primera.
Ese día se rompe un límite en la cabeza, en la rodilla, en el alma.
Ese día se gradúa uno de doctorado. (Supongo que son pruebas similares, una académica, otra física, pero requieren lo mismo: esa vocación para lograr el resultado).
Somos abismos que en las maratones encuentran puentes.
Hoy sé que no se piensa en nada cuando se corre, pero que la neblina se aclara.
Todos estamos un poco rotos, pero correr nos cura, nos pega, nos muestra esa debilidad.
Correr, en lugar de ocultar las grietas, las resalta.
Todo corredor es, en el fondo, como un kintsugi, ese hermoso arte japonés de reparar objetos de cerámica rotos utilizando una laca especial mezclada con polvo de oro, plata o platino.
***
Correr calma a la loca (agresiva y egocéntrica) de la casa, por lo menos en mí. Correr es lo que me cura. Lo que me salva. Lo que me limpia.
***
Un día un amigo —sin ser psiquiatra— me preguntó muy serio no por qué corría, no para qué corría, sino de quién corría, de quién huía. Una pregunta simple y de fondo que se instaló en mi cabeza mientras corría.
Hoy sé la respuesta: corría huyendo de mí, pero corría queriendo alcanzarme.
Somos, en el fondo, un cuadro de Escher. Nos convertimos en lo que somos mientras corremos. Nos despellejamos para luego reconstruirnos.
Corremos de nosotros mismos, para alcanzarnos
***
Correr una maratón, correr maratones, en el fondo, es la forma de encontrarse para no tener que seguir huyendo… una peregrinación sin templo donde el cuerpo habla lo que la mente silencia.


Correr me hace feliz asi como los amigos especiales, que me ha regaldo este deporte
Correr siempre me ha parecido conceptualmente muy interesante, tristemente mis rodillas no opinan lo mismo. Tal vez solo sea una excusa y en el fondo me da miedo nunca alcanzarme.