#29 Lectura
El derecho a leer cualquier cosa. Daniel Pennac, Como Una Novela.
No es lo que leemos, es lo que pensamos sobre lo que leemos, es lo que vivimos cuando leemos, es lo que hacemos con lo que leemos.
La imaginación sin lectura es callejón, y con lectura puede ser un laberinto.
Siempre me sorprendió esa capacidad de aprender a leer, no en mí —donde lo viví sin poder entenderlo—, sino en mis hijas, cuando fui testigo de cómo ellas lo aprendían. Ver cómo sus pequeñas mentes iban volviendo significados los significantes y viceversa; verlas leer todo, en las esquinas, en la televisión, en los letreros, en los paraderos; verlas luego leer en silencio fue la prueba de la esperanza humana.
Aún me acuerdo oyéndolas en Navidad cuando hacían un examen que nadie les había pedido al leer la novena en voz alta.
Leer en voz alta es graduarse de lector.
Somos palabras, pero, sobre todo, somos lecturas.
No sé cuándo la mente une conceptos con palabras, no sé cuándo empezamos realmente a leer. Lo que sé es que la memoria debe ser un anaquel de libros hermosamente ordenados, que un día sacamos y abrimos. Supongo que el Alzheimer es un libro perdido que sabemos que hemos leído, pero ya no sabemos dónde lo tenemos. Supongo que no somos lo que leemos solamente, sino cómo lo interpretamos.
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Mi papá es el más grande lector que conozco: 125 a 150 libros por año. Dos o tres por semana. Uno entero en una sola sentada. Su capacidad de devorar libros a cualquier hora, en cualquier lugar, su hábito, su capacidad de apropiarse de la vida de otros por un rato es maravillosa y es un ejemplo. Leer lo hace feliz. Leer lo mantiene vivo.
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Durante algunos años de mi vida fui profesor de literatura en 3° y 5° de primaria y en 11° en dos colegios distintos. Allí disfruté mucho ver qué leían, no lo que a mí me gustaba leer, sino lo que a cada cual le apasionaba. Sé que cada cual encuentra sus lecturas, sé que es un hábito que de niños no hay que imponer, sino enamorar. Sé que hay lecturas de colegio que nos alejan de la literatura porque son al gusto del profesor y no del alumno, porque son políticamente correctas, pero no provocadoras.
Leer es un acto de coqueteo que debe ser sexy, no monótono, y la mayoría de los profesores no nos enseñan que la lectura es un acto de seducción.
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Somos lectores desde que vemos el mundo en ese estado que el escritor Fernando Araújo llama el estado de escribir, cuando miramos todo. No solo se leen palabras, se leen entornos, rostros, posturas. Me encanta eso: ser capaz de leer el cuarto, como dicen los gringos; de ver más allá de lo que se dice, de observar las manos, el pelo, los ojos, los silencios. De ver no el árbol, ni el bosque, sino el pájaro en la rama.
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Todos tenemos en la biblioteca algún libro que nos marcó, alguno que llegó en el momento justo cuando naufragábamos o cuando cogíamos vuelo.
Mi biblioteca no es grande, pero tiene los libros suficientes que me han gustado leer. Mi casa tiene libros en el baño, en mi mesa de noche, en mi escritorio, por nada distinto a que algún día los saqué y los puse ahí, y a veces tenemos encuentros: a veces se abre una página y es como si las palabras estuvieran esperando por uno y uno por las palabras. Son abrazos de letras.
Toda biblioteca personal es una isla de náufrago.
Quisiera tener una casa llena de libros, desordenada, como esas librerías que amo ver, y donde se agolpan unos libros frente a otros, donde se apilan, donde juegan escondidas.
Leer es para mí una forma de vida. Un hobby que siempre ha estado y que hace que los aviones, los trenes, las esperas no solo sean mejores, sino anacrónicas.
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Entrar a una librería y no comprar un libro es un sacrilegio.
No tener qué leer es un acto de soberbia estúpida.
Hay tanto por leer, tanto por aprender.
Leemos porque somos analfabetas, leemos para dejar de serlo por un rato, pero con la paradoja de que, entre más se lee, más se sabe lo analfabetas que somos.
Somos tan efímeros como esas palabras que no hemos leído y somos tan inmortales como aquellas que nos habitan.
En mi generación todos aprendimos a leer en un tablero de tiza, en mi caso con las monjas y las profesoras de español del Colegio San Carlos, dividiendo las sílabas, aprendiendo palabras simples y luego viéndolas cómo se unían.
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Prefiero leer ficción que otra cosa; leo poesía cuando estoy de mal genio; le tengo un espacio a Cortázar y a Murakami en mis libros; le tengo espacio reservado a Borges aunque hace años no lo leo; tengo la biblioteca ordenada en desorden para escritores colombianos (que sin duda son de los que más leo), para latinoamericanos que me encantan, y para el resto.
Atesoro libros que no he leído para algún día, mientras compro libros y más libros, comprobar que tengo infinitamente más que leer que lo poco que he leído.
Me gusta ser lector macho y hembra. Me gustan los cuentos más que las novelas porque la ansiedad me gana. Me gustan los poemas porque no hay que leerlos todos, sino uno al azar. Me gustan los libros sobre libros, como el de Alberto Manguel sobre la historia de la lectura. Me gusta Daniel Pennac y sus mandamientos. Me gusta Irene Vallejo y cómo revivió la lectura. Me gusta García Márquez, Bryce Echenique, Vargas Llosa, pero también Macedonio Fernández. Me gusta Piedad Bonnett y Pilar Quintana y Marvel Moreno. Me gusta mucho revivir un libro que no sabía que tenía pero que una imagen hace que vuelva. Me gusta Paul Auster y sus casualidades. Me gusta Bukowski y sus arrebatos.
Me gustan tantos que ya ni sé por qué me gustan ni cuáles son sus nombres.
Los libros son la memoria olfativa de las palabras.
Me gustan los libros raros de palíndromos, como los de Juan David Correa; me gustan los cuentos de Eduardo Sacheri o de Ribeyro; me gustan los libros con ilustraciones como los de Buchholz.
En fin, me gustan los libros y la lectura porque sé que soy finito, y allí, por ahora, me vuelvo al menos por una página eterno.
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Hoy soy un lector desperezándome, un lector con ganas de volver a leer mucho, en cada parte, uno que compite contra la tecnología, y que aún compra libros que no leerá solo por el placer de saberlos suyos, solo por tenerlos en la intimidad, solo por doblar sus esquinas en una frase que lo marcó, para guardar allí cartas, recuerdos, para marcarlos como mi papá en una hoja específica y saberlos suyos.
Para tatuarlos.
Debo confesar que me gustaría leer más. No tener que competir con Facebook, Instagram, X o WhatsApp, y aunque por temporadas los derroto, por temporadas me ganan por nocaut.
Me imagino en otras épocas donde se prohibía leer, como en las historias de Bradbury, y lo revolucionario, la contracultura, era leer.
Hoy me gusta eso de “lea para que conversemos”, pero sobre todo me gusta cuando el libro se apropia del cuerpo y uno no lo quiere soltar; cuando se cuentan las páginas para ver cuánto falta con tristeza porque se va a acabar; cuando el tiempo pasa y uno —igual que cuando escribe— no está ahí, es prestado.
Somos fantasmas que leen. Somos lectores que se creen fantasmas. Somos eso, en el fondo: los ojos que miran lo que otros escribieron.
Somos las palabras que leemos y apropiamos como propias.
Somos esos poemas o fragmentos que nos sabemos de memoria y que no sabemos cuándo aprendimos.
Somos lectura porque necesitamos leer no para vivir, sino para sobrevivir en un mundo que cada vez es más de ficción.
La lectura es un respiro, la escritura es un suspiro.
Somos el aire que leemos.


Me gustó su escrito sobre la lectura! Quedé con ganas de saber detalles de lo que le gusta de alguno o de todos los que nombra
Te sigo leyendo ...