#32 Papá
“Es un buen tipo mi viejo” Piero
Me acuerdo del día que me llevó por primera vez a su oficina, por allá en el centro de esa gran ciudad llamada Bogotá. Él era el Gerente General de la compañía y yo debía tener unos 5 o 6 años. Entrar a su oficina, a la oficina de papá, era un acto increíble, verlo en ese espacio, imaginarlo trabajando, ver las fotos que tenía, el orden, sus papeles, etc., hacia que ese lugar fuera mágico. Ir de acompañante sorpresa era sentirse uno el centro del mundo, de su mundo, ser por unos minutos ya no Andrés, sino el hijo del Dr. Gómez.
Me acuerdo siempre de contarle por las noches mis partidos de fútbol en el colegio, mientras el estaba acostado en su cama; me acuerdo de que sus regaños y consejos eran disertaciones filosóficas llenas de palabras y sabiduría, pero nunca de ningún acto de amenaza o violencia.
Un hombre de palabra y de palabras.
Me gustó siempre ver sus diplomas en el estudio de la casa, y leer que se graduó de abogado y economista de la Javeriana en una época en que eso no era tan fácil, que luego hizo una maestría en Estados Unidos por la época en que mataron a Kennedy y recordar cada vez que lo veo, que siempre ha sido un excelente alumno, un juicioso estudioso, pero también un ser humano práctico.
Me gusta siempre oírle sus cuentos sobre su viaje a España en barco y la llegada, donde era el encargado por su padre de hacer muchas cosas, pues era el juicioso y el que leía de la familia, el que sabía expresarse, el Alfredito en el que todos confiaban. Me gustan sus palabras y como se expresa.
Seguramente cuando lea estas palabras, a sus 86 años, ya habrá hecho el sudoku, un par de crucigramas, ya habrá leído otro de los libros que suele devorar como si hubiera un homo lectorus en sí mismo (ya he contado que lee más de 120 libros al año), ya habrá trabajado en el computador que domina, o en su iPad, y seguramente ya habrá opinado sobre la política colombiana y de todos los ladrones que la rodean. Ya sabrá el marcador de Millonarios, su equipo y mi equipo, la herencia que también me dejó. Ya habrá llamado a sus hijas y conversado con Guillermo, mi hermano, mientras desayunan. Ya habrá pensado en sus nietas y también en mi mamá.
Es un hombre de rituales. Seguro en los últimos días ha jugado golf, ha llenado en Excel los resultados, ha tratado de caminar como siempre lo hizo un par de kilómetros, habrá mirado su colección de carros en su biblioteca y sus trofeos de años y años de ser deportista, y seguro también se habrá quejado de algún tema de la comida, el país o el entorno.
Ese es mi papá, un ser humano sin tacha, al que le he oído una vez una grosería en su vida, y fue cuando se murió mamá, y la dijo con el alma adolorida. El mismo que aún lleva un portarretratos de ella a donde viaja y lo pone en su mesa de noche para seguramente conversar con ella.
El mismo que cada vez que he escrito uno de estos 50 artículos se ha tomado no sólo el trabajo de leerlo, sino sobre todo de comentarlo, de añadirle una cita de un escritor o de algún libro que ya haya leído, o alguna anécdota personal. El ser humano sensible que he visto llorar más de una vez, que no se toma un trago, que duerme poco y que siempre está mirando el mundo. Un ser humano de pocos amigos, pero de buenos amigos.
Un ser humano con un sentido del humor que también heredé (con los buenos y malos chistes), pero que siempre ve el mundo de manera reflexiva. Un abogado que fue un gran trabajador, el Dr. Gómez, y al que la gente siempre quiso en sus trabajos, el que seguramente me heredó también esas ganas de que en las empresas prime lo humano, con resultados, pero siempre con lo humano.
El golfista, jugador de bolos y ping-pong, al que ya nunca conocí como futbolista, pues al ser el menor de sus 4 hijos, me lo dieron ya lesionado, jubilado de las canchas.
Ese es mi papá: un ser humano, humano.
Un lector, un padre, un esposo, muy poco flexible en muchas de las cosas, pero también un ser humano liberal y abierto a muchos temas. La persona que me enseñó la capacidad de pensar sin juzgar, que me oía con cuidado y me regañaba con cariño cuando en el colegio Sister Edwin o el padre Francis le hablaban de mí. Le ponían quejas de mí, y él, con ecuanimidad, las oía y luego me hacía largas reflexiones sentados en su cama.
Somos las personas que nos forman, no con sus palabras, sino con sus actos, con su forma de ver la vida. Nos parecemos tanto a nuestros padres en muchos temas y tomamos distancia de tantos otros, porque son espejos que vienen del pasado para reflejar nuestro futuro.
Verlo a él, verme a mí en el espejo, es saber también que allí somos ese reflejo. Que todos tenemos una figura paterna, en mi caso, la que nos acompaña, que es conciencia, que es guía. Faros para habitar islas desiertas.
Hoy, mi papá, Tata, es un abuelo de 86 años, con 7 nietas, viudo hace casi 12, golfista cada vez con peor hándicap, pero un ser humano que no se rinde, que no deja que su cabeza, su gran cabeza, se apague. Que lee para vivir las vidas de otros en su imaginación, para viajar por el mundo, para ser muy flexible allá en su mente mientras las palabras, imágenes y fragmentos recorren su vida.
Somos laberintos en nuestros cerebros, somos los hobbies que tenemos.
Cuando chiquito lo acompañaba al club a que él jugara golf y yo me iba con un amigo a jugar fútbol, el horario era a las 6 a.m. los sábados y domingos, y ese viaje en el carro por la autopista era felicidad pura. Me acuerdo de que abríamos las ventanas con mi amigo y contábamos ciclistas mientras llegábamos a Sopó, a ese lugar donde él jugaba golf, y cuando acababa iniciaba el viaje de regreso.
Nunca ha sido de los que se queda una hora más de la debida, de los que alargan sus juegos de golf, porque siempre fue claro que iba a jugar golf, no al ritual posterior.
Lo veo leyendo este texto y encontrando la coma que falta o la tílde que sobra, el párrafo que no debería estar, porque él es un editor siempre, el hombre que detrás de sus gafas tiene unos ojos claros con los que mira el mundo con claridad.
Es mi papá, es este capítulo en vida en homenaje a él, es el que me llevó a fútbol a ver a Millonarios en 1982 y el que yo llevé en el 2012 a ver a Millos campeón en el mismo estadio, solo para abrazarnos en el grito de gol más hermoso de todos.
Es mi papá, ese ser humano, humano.
Ese espejo donde me reflejo y esa ventana desde donde miro el mundo que el me enseñó a ver y a interpretar.
Ojalá algún día pueda escribir por él, y con mis palabras, el libro que él pensó: uno de novela policiaca donde al acabar el libro, y cerrar la última página, el lector diga: lo maté, y se sienta como si fuera el asesino del personaje del libro que acaba de leer.
Ese es mi papá, un lector empedernido que escribió en el alma de su familia, al menos en la mía, con buena ortografía la importancia de ser un ser humano, humano.


Tienes el don de emocionar hasta las lagrimas en cada capitulo que escribes. Leerte es sentarse a tu lado en los diferentes momentos de tu vida que cuentas, viviendo los tuyos y recordando los de uno. Somos las emociones que viven en los recuerdos.
Muy linda historia, gran homenaje a su padre