#33 Miedo
De lo que tengo miedo, es de tu miedo.William Shakespeare
Es de valientes aceptar que se tiene miedo.
Somos como nos forman para el miedo: para enfrentarlo, para someterlo, para ajustarlo.
Somos miedo, y eso nos permite evolucionar.
Darwin era un miedoso que sabía que había que hacer renuncias valientes para avanzar.
Cuando decidí renunciar a mi trabajo, a la comodidad, me dio miedo, pero la mezclé con adrenalina. Cuando empecé este libro, me dio miedo no terminarlo, pero lo adobé con esperanza. Cuando tuve hijas, me dio miedo morirme antes de tiempo, aunque aún no sé cuándo será el tiempo.
Empezar a hablar del miedo desde la fragilidad, es entregarle por un rato el control y luego con valentía desarmarlo. Es contarles a otros lo que nos asusta, los momentos y las zonas donde nos quebramos con fragilidad. Es jugar ouija y esperar que nadie conteste, pero ansiar que alguien conteste.
De chiquito recuerdo que tenía la valentía de ver las películas de miedo en cine, o en el cuarto del estudio, sin asustarme, porque sabía que eran películas, y cuando empezaba a asustarme, me decía a mí mismo que eran actores y que todo sucedía en un set. Tenía la valentía de racionalizar el miedo, y lo hacía porque me daba miedo no poder racionalizarlo.
Somos fantasmas que nos asustamos con nuestro propio reflejo.
Tener miedo es una forma de enfrentar la incertidumbre de la vida. Un acto de rebeldía y valentía al tiempo. Enfrentarse a él, de frente, sin máscaras, es un acto humano de reverencia. Tener miedo, pero no saber cómo definir el miedo, y aun así saber que vivimos con miedo, es parte de vivir la vida.
Es muy raro el miedo, porque en el fondo es un acto de poder.
Toda decisión se hace con miedo, por más análisis que se hagan.
Hoy sé que tengo miedo de que me abandonen o de abandonar. Tengo miedo de que mi fragilidad sea vista como debilidad. Tengo miedo de que mi debilidad sea vista como fragilidad. Es miedo, miedo, miedo. Tengo miedo de tener miedo.
Somos los miedos que tenemos. Somos la sumatoria de esos recuerdos y de esas proyecciones. El mío, lo he dicho, fue mirarme en un espejo en las noches y ver otras vidas. Pero también es el vértigo actual en la montaña rusa. Es la muerte posible en un avión. Es un ruido en una zona que no conozco y en la que no tengo visión.
Somos la suma de nuestros miedos y la resta de nuestros deseos. Somos aspiraciones y recursos.
No recuerdo la primera vez que sentí miedo, pero sí recuerdo que me escondía de ellos, de los que gritaban “¡botella, papel!” en la calle y pasaban por mi casa, porque pensaba que me iban a llevar.
Recuerdo que he sentido en estos días miedo en algunas calles de Bogotá de que me roben. Tengo miedo por mis hijas y de muchas cosas que puedan pasar. No duermo hasta que mi esposa no vuelve de una comida o de una fiesta, porque me da miedo no saber qué pasó con ella en su regreso.
El miedo es control. El control da miedo. Somos televisores que no funcionan.
El mayor miedo no fue escribir, sino publicar. El mayor miedo es pasar desapercibido, ser invisible, no ser invencible. El mayor miedo es la incoherencia, aunque sé que caigo muchas veces en ella. El mayor miedo es pararse frente a un escenario y no conectar. El mayor miedo es dar un consejo y que lo tomen textual y salga mal. El mayor miedo es no saber y pensar que el saber ayuda a saber.
Me levanto y me miro al espejo con miedo. No a la vejez sino a la realidad. Tengo miedo a perder la capacidad de imaginar. Tengo miedo de vivir en neblina, de sentirme ahogado sin agua. Miedo a la vida cotidiana en una vida cotidiana.
Le tengo miedo a no poder enfrentar enfermedades por ser un pésimo enfermo y un aún peor enfermero.
Hoy sé que escribir es cauterizar el miedo, es exorcizar demonios, es poner espejos para vernos las cicatrices. Tener miedo es estar vivo. Es el cerebro en sistema 1, no pensando, para conservar energía. Es, en el fondo, lo que me paraliza en el puente peatonal, pero también lo que me mueve a no quedarme quieto en la vida.
Ser miedo o tener miedo, esa es la cuestión real de Shakespeare.
Quien no tiene miedo, o no ha tenido, quien no lo puede expresar, moriría en silencio de miedo.
Se hacen carros rápidos con frenos para poder acelerar.
El miedo es un corrientazo frío del alma y del cuerpo que nos visita sin cita previa y al que le gusta asustar. Un visitante en la casa tomada al que debemos atender. Con el que hay que ser valientes y sentarse a conversar.
El miedo son sombras, la valentía es la capacidad de aprender a ver sin luz.
El miedo, es una cuestión, de valientes.


Que miedo cuando uno siente que no tiene miedo.
Donde da miedo, ahí es…
Vos no lo sabias pero me has quitado varios miedos, uno de esos es escribir.