#34 Pandemia
“Deseo que mi vida y mis decisiones dependan de mí mismo, no de fuerzas externas de cualquier tipo. Deseo ser el instrumento de mis propios actos de voluntad, no de los de otros hombres.”Isaiah Berlin
Odié con el alma la pandemia del Covid-19. La aborrecí con el cuerpo, la viví con los huesos, la sufrí con el tiempo.
Me desgasté por dentro.
Sentirme obligado a mantenerme encerrado, atrapado, encarcelado, fue uno de los momentos angustiosos de vida. Somos animales que no queremos ser domesticados. Velas que se apagan cuando no sienten que dan luz.
Recuerdo ver al Presidente Duque en la televisión anunciar una semana más, y luego otra, y otra, y así por meses, como puntos suspensivos sin final. Recuerdo ver los noticieros y el recuento de muertos; la supuesta vacuna que llegaba y no llegaba; el sonido de aplausos para los héroes verdaderos: los médicos; recuerdo con dolor ver a la alcaldesa en sus anuncios y ver y entender que todo se prolongaba.
Fuimos neblina.
Sé que para otros fue momento de duelo real. Lo mío fue apenas lamento de quien sin libertad se siente sin vida. Para mí, que me quiten, coarten o siquiera muevan la frontera, es vivir sin oxígeno, es perder el optimismo, es ahogarse en su propia tristeza. La libertad no se tranza.
Pienso en los secuestrados, en aquellos que son privados de la misma no por sus actos, sino por su visión del mundo, por su condición social o por casualidades/consecuencias de la vida.
Pienso en Albert Camus y en Victor Frankl, en sus pestes y en su búsqueda de sentido, y me arrodillo ante ellos pregonando su entereza para entender y defender la libertad.
La pandemia fueron mal contados 8, 10, 12 meses (qué importan cuántos) infaustos, y muchas, muchas semanas más, donde nos tapamos y cubrimos la boca porque, mientras el mundo entraba en pausa, no había motivo para reír.
El tapabocas no era por protección, era para que la tristeza no se nos viera en el rostro.
Ya he dicho que hay batallas que dejan heridas para siempre. Cicatrices sin olvido que nos recorren el alma. La pandemia es otra de ellas.
Cuando la pandemia llegó en ese marzo acabábamos de trasladarnos a un pequeño apartamento en la calle 90. Era un hogar de tránsito mientras remodelábamos nuestra verdadera casa. Era un espacio pequeño, de verdad, para 4 personas. Un espacio prestado, alquilado, impropio. Un refugio en el que íbamos a pasar dos meses a lo máximo. Llevamos lo apenas necesario mientras remodelábamos, como un nómada que sale a dar una vuelta por un barrio. En una bodega cercana —pero que luego se nos hizo lejanísima— guardamos, sin saber, nuestros libros, documentos, fotos, ropa, hasta los juguetes de mis hijas, en cajas de cartón, sin saber que nos privábamos de los recuerdos.
Esos 2 meses terminaron siendo casi 9 en ese lugar prestado que apenas estábamos habitando. Yo no tuve una pandemia de recuerdos, de ordenar la casa, de sacar baúles, porque no había recuerdos, desorden, casa. Éramos solo 4 humanos en 4 paredes. Había familia y había hogar, y por eso sobrevivimos.
Recuerdo el sonido de los pájaros en ese apartamento cuando nos visitaban en las mañanas. Recuerdo el amor cotidiano. Pero sobre todo recuerdo esa sensación incómoda de sabernos presos, de sabernos sin libertad.
No importaba que jugáramos Wii para quemar tiempo, que mi suegra fuera de vez en cuando, que mis hijas aprendieran a montar bicicleta en el garaje, que Juliana armara rompecabezas, que yo perfeccionara la montada en simulador y todo lo demás que uno pudiera poner como positivo, porque el balance siempre pierde ante la tristeza.
Fueron meses de profundo dolor.
Vivir con niebla es vivir a la mitad.
Vivir con sombras es no vivir.
Vivir sin libertad es morir en vida.
Somos cómo enfrentamos esos momentos. Somos las restricciones que nos imponen y las ausencias que nos generamos. Esa hora que nos daban para caminar era hermosa y terrible: saberse como en un recreo de una vida, cuando la vida de antes y de siempre debe ser el recreo. Sentirse prestado en el tiempo por espacios de libertad, cuando la lógica es la contraria: entregamos unas horas de limitación en contraprestación a una vida en libertad.
No le tuve nunca miedo al contagio, que es la enfermedad física, sino a la salud mental, que es la enfermedad del alma.
Recuerdo el dolor de ver a mis hijas educarse con dolor y verme a mí y a Juliana trabajar en uno todo el día, como si fuéramos ratones de laboratorio, subidos en una caminadora.
Hay espejos que no deben verse. Hay reflejos que no deben mirarse.
Odié la pandemia, esa cicatriz que recuerdo en un cuerpo y mente fantasma.
Hoy sé que el tiempo es un fenómeno que racionalizamos, y que esos días fueron eternos para mí. Insisto: no era la enfermedad, era la restricción, era tener que andar con tapabocas sin risas para dar, era sentirse en un hospital con 10 millones de vecinos, en un mundo donde al final salimos igual a como entramos, incluso peor en muchos casos.
La pandemia es ahora una anécdota, pero fue terrible. Esa parafernalia para salir, recibir un domicilio, una visita. Esa lejanía de papá, de familia, ese dolor de no poder abrazar al otro.
Me marchité en pandemia. Alguien dijo alguna vez que hay personas que son como orquídeas y necesitan luz y contacto. Fui una orquídea encerrada por meses. Me marchité día a día.
No sé cómo vivirán las monjas de clausura, no sé cómo vivirán los mineros que se internan por días en espacios, no sé cómo soportan los astronautas… en fin, no sé cómo hacen aquellos que no pueden salir a la calle, pero para mí es un drama. Supongo que es elección por encima de imposición y allí radica la libertad.
Hoy sé que la pandemia nos robó muchos momentos de vida: el recreo a mis hijas, la familia, los amigos. Nos robó momentos, y eso no tiene perdón.
Sobreviví, es cierto, sobrevivimos si leen esto, y eso debería bastar… pero no.
La libertad no se tranza.
Somos esas heridas que nos quedan. Somos esa pandemia que nos marcó. Somos los cobardes que aplaudimos a los valientes, pero, sobre todo, somos todos damnificados de un momento donde nos quitaron la libertad.
La pandemia se convirtió en un capítulo de mi vida, aunque en el fondo solo debía ser una nota a pie de página. Somos las notas que dejamos, allí, arrinconadas en la esquina, para luego, en una relectura, intentar entender. Somos esa explicación que damos, pero que no debería ser el titular.
Odié la pandemia porque ha sido el momento donde han atentado más de frente contra la libertad. Un momento de vida que dejó a muchos sin ella, y a otros heridos para siempre.
Odié la pandemia porque, aunque sobreviví, me quitó la esencia de la vida: la libertad.
El tiempo que se va no vuelve… Somos y debemos ser libertad.


¡¡¡Magníficas reflexiones!!!