#36 Escoger Carrera
“It’s not time to make a change, just relax, take it easy, you’re still young, that’s your fault, there’s so much to go.” Cat Stevens
Había perdido décimo grado.
Ese año la física y la química me habían derrotado por nocaut. Me habían liquidado en la lona y no había conteo que me hiciera recuperar. No entendía la lógica de la física y menos aún la de la química. Esa capacidad de admirar la belleza de esas ciencias no estaba aún en mis neuronas.
Ahora entiendo su belleza, aunque no las entienda a ellas. Dos aspectos diferentes.
En mi segundo décimo, y luego de que le dijeran a uno que los números no querían cruzar con uno la calle, tomé la decisión de que estudiaría cualquier cosa que no tuviera números y que me apasionara. Me decidí por estudiar literatura. Era lo que amaba, lo que se me facilitaba, lo que creía a mis 18 años podía ser una carrera y una forma, no se si de ganarme la vida, pero al menos no de perderla. Me imaginaba firmando libros, escribiendo libros, devorando libros.
Somos páginas.
Visitaba la librería Lerner, La Nacional y Biblos y me sentía feliz en ellas. Estar en una librería era un aplauso de estantes. Abrir un libro era un placer único.
La decisión de escoger que estudiar pasó no solo por saber aquello que no haría nunca (Física, Química, Ingeniería, Biología) y poner en fila algunas otras opciones. Rápidamente deseché Ciencia Política por no entenderla. Deseché Derecho tal vez porque había cerca de mí muchos abogados. Desprecié cualquier Administración por temor a que los números me despreciaran a mí. Pensé en ser actor de teatro pero no sabía si tenía talento.
Somos los desechos que dejamos mientras escogemos una vida.
Sabía escribir y me gustaba. Que más daba.
Pero luego, cuando entré a once – a ese último año donde uno es y no es- y presenté el ICFES y tuve que tomar una decisión, no fui capaz de abrazar a la literatura. Cerré la página. El miedo, ese que a todos nos reparten por igual, como me dijo un amigo que su tío le decía –pero que cada cual teme de manera distinta en temas distintos–, me acobardó. No fui capaz si quiera de presentarme. Escogí más bien Comunicación Social y Periodismo, y me enfoqué en los sitios donde entonces la daban: la Javeriana y la Sabana. Me presenté a los dos y en ambos pasé. No era difícil pasarlo: tenía la habilidad y el conocimiento, y había algo de pasión, aunque no sabía bien qué me iba a encontrar.
La carrera no fue un mar de conocimiento con un centímetro de profundidad como muchos decían, sino un pasadizo de un hotel como de Tom y Jerry, donde en fracciones de segundo se abría una puerta y se cerraba otra, y pasábamos del arte al cine, del cine a la historia, de la historia a la lógica, de la lógica al español, y así, casi infinito, pero siempre finito.
Debo confesar que escogí estudiar en la Sabana por tres motivos nada profundos: el primero, el campus permitía jugar fútbol mucho más que el de la Javeriana. Era verde y había potreros en cada esquina. El segundo, tenía más clases de literatura que la otra, y tercero, me sentía con menos smog en la cara, menos laberintos –qué paradoja– en sus edificaciones y una libertad al ir en contra de todo lo que conocía.
Nadie de mi colegio, o uno o dos, habían escogido esa universidad. Los otros eran de la Nacional, Andes o Javeriana, y había ese rebelde en mí que le encantaba nadar contra la corriente.
Escoger carrera a los 18 años es hipotecar un sueño sin saber si se podrá pagar. Somos tan efímeros en ese momento en que presentamos pruebas, pero nos creemos tan inmortales que no tenemos capacidad de pensar en futuro.
Hubo una pequeña y efímera opción de ir a jugar fútbol a USA. Había unos cazatalentos que iban a los partidos de UNCOLI y que habían fichado a dos amigos. El coqueteo duro poco, había que estudiar entonces el grado 12 en Estados Unidos y eso implicaba de nuevo enfrentarme a la física y la química. No me iba a dejar dar en la jeta tres veces seguidas.
Un julio de 1995 terminé entrando a Comunicación Social y Periodismo en la Sabana, y 5 años después graduándome, con muchas materias que marcaron mi vida, me hicieron aprovechar el talento, y me llevaron a disfrutar estudiar. Eso fue solo el preámbulo. Luego, la vida me llevó a estudiar otras temas, lógicas y modos, muchas más, en otras universidades, en otros mundos, en otros planetas, y así entendí que había desafiado y vencido a lo que pensé que había escogido como una forma de ganarme la vida.
Le gané en duelo en esa lucha libre a la carrera. No porque no ejerciera el periodismo un rato, sino porque al final no fue lo que empecé a estudiar sino aquello en lo que decidí nunca dejar de aprender: el conocimiento.
No es lo mismo, aunque suene parecido.
Somos lo que aprendemos, no lo que estudiamos. Nos convertimos en lo que nos apasiona, no en lo que nos da títulos. Somos lo que atesoramos, no lo que descubrimos.
Algunas veces pienso qué hubiera sido de la vida si hubiera estudiado Literatura en los Andes, si hubiera entrado a ese campus y a esa universidad… Siempre pienso qué hubiera pasado si en cuarto semestre en la Sabana no hubiera empezado a trabajar en El Espectador, o si en segundo semestre, cuando quise estudiar Psicología también, me hubieran valido la doble carrera o titulación con un solo pago.
Somos esos imaginarios que armamos sin saber para dónde vamos. Somos jóvenes definiendo la vida a los 18 creyendo que es un combate de un round y no una pelea de vida.
Siempre he pensado que es muy difícil saber qué estudiar, porque creemos que eso marcará como nos ganamos la vida. Vaya error. La vida no se gana, se transita.
Qué estudiar fue una decisión de vida a los 18 años como la de todos. Una sin WAZE, pero con brújula, creyendo saber cuál era el norte.
Si hoy me volvieran a preguntar, y tuviera que ver en pasado lo que la vida me ha traído, si regresara a los 18 años, seguramente estudiaría una mezcla de Literatura, Derecho, Ciencia Política, Psicología, y tal vez no comunicación, en una universidad donde pudiera mezclar todas las materias y todos los mundos.
Hoy, sé que me gusta aprender, que me inquieta no lo que sé, sino lo que puedo entender y ojalá aplicar. Hoy sé que no estaba hecho para ser un literato, pero sí un estratega, y que esa capacidad de escribir historias es también la capacidad de construir caminos y salidas. Ser guionista de un mundo empresarial.
Jamás pensé que terminaría en el mundo de los negocios, el emprendimiento, la administración de empresas, entendiendo la lógica de los números y mezclando mi lado analítico, con mi lado creativo. Jamás pensé, porque a los 18 años el mundo apenas va en el tercer día de creación.
Somos no lo que queremos ser a los 18, como un piloto encapsulado, sino lo que el espacio ofrece fuera de órbita. Hoy sé que más que estudiar, la pregunta debería ser qué lo apasiona a uno con el alma y en qué no quiere nunca una dejar de aprender, en que puede ser único, así no sea el mejor.
A los 18 años el mundo es un viaje como el de Colón. A los 50 somos puerto de llegada.
Somos eso navegantes de una vida que se entiende solo luego de cada viaje.


Muy divertido este capítulo! El miedo…
Andrés, lástima que no hubieras escogido, como hice yo, estudiar en la Javeriana porque había jugado en su cancha de fútbol y porque tenía amigos en la selección de la Universidad.
Y fue, para mi vida, una acertadísima elección ...