#38 Barrabás
“Mi máscara no era una mentira, era una necesidad.”Yukio Mishima
El padre Sebastián Schmidt, un amante de los deportes y una de esas figuras que uno se encuentra en el colegio, me marcó en la vida. No sólo por su amor al deporte —al básquet en especial—, no sólo por haber sido profesor de inglés en séptimo, no sólo porque confesaba a sus alumnos mientras caminaba y fumaba por las canchas del colegio, sino porque siempre vio lo que otros no veían. Lo intuyó.
Tal vez tendría unos 11 o 12 años, y me era imposible no meterme en problemas en el colegio. Andaba siempre haciendo travesuras, daños, desmadres. Andaba siempre visitando a la psicóloga, haciendo a mi mamá madrugar para recibir quejas.
En una jornada en la cual la memoria ya no se acuerda con exactitud, algo hice o debí hacer —algo provoqué, alguna diablura— que generó que el Father Sebastián gritara con una voz seca pero clara: “¡No más barrabasadas Gómez!”. Y que, de casualidad, Fabio —ese profesor de educación física que nos enseñó todo, pero al que nunca vimos correr ni hacer un deporte— me bautizara, como bautizó a cientos en el colegio, con un apodo que me acompañó toda la vida.
Barrabás.
Así, seco. Como esa figura bíblica. La mezcla entre lo que dijo el cura Sebastián y lo que dijo Fabio (amante del fútbol como yo, aunque en orillas diferentes: yo azul, él rojo) llevó a que la asociación de la barrabasada con “Barrabás Gómez”, el jugador de fútbol que entonces jugaba para Millonarios y la Selección Colombia, me generara no sólo ese apodo, sino la doble personalidad que me acompañó por muchos años de mi vida.
El 90 % del tiempo soy Andrés, un ser humano literato, que disfruta de las palabras, que le da jartera meterse en problemas, que es respetuoso, que no toma trago, que prefiere la paz a una buena guerra. Pero el otro 10 % soy ese Barrabás: luchador, peleador, contestatario, agresivo, que le gusta provocar, joder, que se mete en problemas, que pelea, que la embarra, que encuentra en lo físico más placer que solo en lo mental. Que sabe que la rudeza también
es un arma de emocionalidad y de conquista.
Está bien.
Todos somos muchos en uno, y algunos tenemos, como en la novela de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, esa esencia que nos sale.
Aprendí con el tiempo a domar a Barrabás, a dejarlo en el banco de suplentes, a condenarlo al ostracismo. Pero durante muchos años me acompañó en cada partido de fútbol, me visitó y obligo a usar la creatividad de las palabras para construir groserías no poemas… en fin, para ser yo, pero en piel de otro, para tener la clave que se necesitaba para sobrevivir en una ciudad llena de furia.
Barrabás fui yo, y aún hay amigos del colegio que me lo recuerdan. Para quienes el apodo está ahí, como esa cicatriz que es.
Somos la infancia que tuvimos y cómo nos recuerdan. Somos los sobrenombres que tuvimos. Uno con el que nunca tuve inconveniente ni molestia, pero que me recuerda lo que fui y lo que ya muy rara vez soy.
Barrabás, barra, barrita, barracuda… suele ser un apodo, en especial, con el que me recuerdan los que jugaron fútbol conmigo, los que estudiaron en el CSC y a los que, muy joven, les di clase.
Un Barrabás de carne y hueso que, en la vida profesional —después de la universidad—, muy rara vez ha salido de visita; que se mantiene allí, al acecho, porque también, aunque aprendí a calmarme, hay ciertas acciones que me sacan de esa zona y me llevan al empute, a la rabia, pero también a una zona de exaltación y furia que de vez en cuando necesito.
Y allí, ese Barrabás no tiene límite: tiene calle.
Somos, en el fondo, como nos conocemos, y también somos cuando nos desconocemos.
Ese momento que todos hemos tenido, donde no sabemos quiénes fuimos… pero también está bien saber que hay fantasmas que nos habitan y que, de vez en cuando, salen a asustar.
Soy Andrés, pero también soy Barrabás. Fui durante años (de los 11 a los 25) más Barrabás que Andrés, como una coraza en el colegio para no dejar que esa sensibilidad de la que he hablado sufriera. Fui camuflaje y trinchera, escondido en un cuerpo de peleador que no permitía que nadie intentara cualquier burla.
Sé que quedan rezagos, y está bien. Sé que quedan momentos, no de rabia, sino de Barrabás, que salen, que coquetean, que atraen… porque en el fondo el yin y el yang necesitan del desbalance para encontrar el centro.
Porque en el fondo somos también como nos formamos, como nos criamos. En el barrio era el más pequeño de los grandes, por convicción, en lugar de ser el grande de los pequeños. Porque en la calle hay momentos de vida en donde hay que respetar también y hacerse respetar. Porque hay veces que vemos el atajo, aunque queramos ir en línea recta.
Ser lo que soy, ser como fui, no me molesta: es testimonio, es una herencia de una parte de vida. Ser lo que soy, ser ese Barrabás del San Carlos, también hace parte de esa historia, de ese camino, de esos 50 años.
Un ser que, cuando lo miro, parece una foto vieja. Una imagen en la que nos reencontramos, reconociéndonos, pero sin saber muy bien cómo éramos.
Somos tan humanos como nuestras imperfecciones.
Nunca había escrito de Barrabás, tal vez porque es Andrés el que escribe y no él. Pero ahora que lo pienso, seguramente es Barrabás el que edita, el que provoca, el que sabe que la palabra está ahí para armar paraísos o infiernos.
Ese Barrabás que se reta cuando alguien le dice: “a que no es capaz de hacer…”. Y entonces hay esa fuerza interna que dice: “sí lo soy”.
Corriendo, muchas veces en medio del km 36 de una maratón, he tenido que sacar a Barrabás. En momentos de irrespeto o de furia lo he tenido que poner a jugar. Todos necesitamos ciertos soplos que nos saquen -en ciertos momentos- del confort.
Todos necesitamos ser y estar en otro, para ser y estar con uno mismo.
Homenaje a Barrabás. A ese que invocaba barrabasadas y que un día encontró que no estaba mal haber sido él, pero que también el que presenta excusas a todos aquellos que pudo lastimar siendo Barrabás.
Somos lo que nos habita. Somos el pasado. La historia. El recuerdo. La cicatriz que tiene apodo y el apodo que nos deja cicatrices.
Somos lo que somos, sumado a lo que fuimos.
Unas palabras de Andrés para Barrabás… de testigo a protagonista y viceversa.


Buenísima historia, creo que todos tenemos algo de esa bipolaridad.
No sabía el origen! Este capítulo es como una de las pelis de X-Men Origins