#39 Ignorancia
“Solo sé que nada sé.”Sócrates
Somos tan sabios, tan solo como lo que ignoramos.
Tuve una profesora, Avelina Rojas, que me repetía en cada clase con cierto sarcasmo cuando yo tenía una duda que expresaba en voz alta o cuando me equivocaba: “Señor Gómez, la ignorancia es atrevida”.
Ella fue una cicatriz de guerra en mi alma. Una pequeña batalla que perdí en clase de álgebra o geometría, y que por años me llenó de dudas cuando no sabía sobre algo. La recuerdo con dolor y tristeza, pues mientras uno le pedía una pista para un problema de matemáticas que no había podido solucionar (o siquiera entender), ella se acercaba a la ventana y decía:
“¿Pista? ¿Pista para qué, si yo no veo ningún avión?”.
Una forma de enseñar que nunca me motivó a aprender y que, por el contrario, me hirió.
Somos también como nos empujaron a ignorar lo que sabemos.
Avelina me marcó. Me hizo sentir ignorante en una materia que luego entendí fascinante. Me hizo no querer las matemáticas por mucho tiempo, porque me hundió en esa sensación de bloqueo, porque empujó la ignorancia a ese cuarto oscuro donde se sentó.
No juzgo, pero sí recuerdo.
Seguro ella pensaba que esa era una forma de enseñar, seguro pensaba que así lograríamos amar eso que ella amaba.
“No sé Rick, me parece falso”.
La realidad de cómo me motivo, de cómo aprendo, de cómo creo que muchos aprendemos es otra: no achacando lo que no se sabe, sino provocando y coqueteando sobre lo que no sé.
La vida -como eterno estudiante- me llevó a entender que la mejor manera de enseñar algo, de ayudar a un ignorante a que se interese por lo que ignora, no es empujarlo al abismo, no es hacerlo sentir insignificante, sino, por el contrario, tratarlo, llevarlo de la mano, empujarlo a que busque la luz en ese cuarto oscuro como quien persigue el final del arcoíris.
Es tan bueno ignorar. Es tan bueno saberse siempre quedado, como un tren que ya nos dejó y al que no vamos a alcanzar. Es tan sabio ignorar. Es hermoso ser consciente de lo ignorante que somos con conocimiento de todo lo que ignoramos. Es tan bueno poder descubrir un día todo lo que se ignora y a pesar de ello, avanzar.
Siempre es bueno saberse incapaz de aprender sobre temas, de apreciar su belleza, pero no poder nunca tener posesión sobre ellas.
La muerte, por ejemplo.
Ser padre.
El futuro.
Siempre es bueno también poder saber mucho de un tema, porque allí hay un agujero negro aún más profundo: entre más se sabe de un tema, más se es intelectualmente capaz de saber que no se sabe nada.
Vivimos en un constante hoy que nos lleva a tratar de anticipar lo que vendrá, y no somos visionarios, ni podemos serlo.
Ignorar es también una forma de estar vivo para avanzar.
Hay sensaciones extrañas, como las de ignorar lo que todo el mundo sabe, pero hay algo fascinante en ignorar lo que nadie sabe que se sabe. Una pequeña, pero sutil diferencia.
La ignorancia no solo es intelectual, es también física, emocional. Somos los resultados de lo que no sabemos, de lo que no podemos sentir, de lo que no nos permitimos sentir.
Me encanta Benjamin Button como lógica inversa. Me encanta Mafalda, quien cuando entendió las respuestas le cambiaron las preguntas. Me encanta esa idea de ver al mundo al revés, y me encanta —por imposible— porque si al final no ignoráramos, no avanzaríamos. No saldríamos de donde ya estamos seguros, no miraríamos el campo por andar encerrados en las cuevas de Altamira.
Es precisamente esa ignorancia la que nos lleva -la que me lleva- la que me motiva.
Me encanta aprender de temas nuevos, me encanta oír a los que saben sobre algo que yo no sé. Me encanta cuestionarme sobre el mundo que uno no ha visto. Me encanta ser ignorante en tantos temas para poder tener oportunidad de aprender.
Ignoramos cuanto ignoramos, y allí se resume el comunicado de la vida: la notificación de que somos todo y, a la vez, pequeñas partículas. Átomos volando sin saber ni por qué ni para dónde volamos.
Al final, la vida no es un examen para aprobar. No es una nota para obtener, es tan solo un camino lleno de curiosidades. De acertijos por encontrar.
Solo el que es curioso se interesa por lo que ignora. No sé si habrá otros mundos, otras inteligencias. Lo que sé es que aún no sé.
Me encanta entrar a una librería como la Lerner, en la 93, en Bogotá, y ver todo ese conocimiento allí desplegado y saberme incapaz de leerlo. Me encanta ver mi biblioteca con libros que no he leído. Me encanta estar en una conversación donde me siento perdido y trato —rápidamente— de encontrar una forma de entendimiento. Me encanta, porque me hace no querer morirme aún. Porque me lleva a sentirme vivo.
Me jode la cabeza ignorar cómo serán mis hijas en el futuro, porque me deja como las series de Netflix queriendo ver la nueva temporada. Me encanta ver ese futuro imaginado, desde un presente real y no saber cómo será la resolución.
Ignorar tanto es una señal de que hay vida.
Hay caricias que nunca tendré, hay momentos que no veré, hay ausencias que seguro no sentiré, hay ignorancias que ni siquiera sabré que ignoro.
Al final, es como un cuento de un hombre que se levanta sin saber que se ha levantado y, por ende, no tiene preocupación. En el presente no hay angustia; aparece una y otra vez en mis pensamientos y en mi raciocinio. En la ignorancia no hay angustia, hay presente.
La ignorancia es atrevida, me dijeron por allá en clase en 1991, y es cierto.
Pero la valentía es atreverse a buscar saber lo que no sabemos.
Somos sólo tan sabios, como lo que ignoramos.


En inglés una frase similar tiene un sentido diferente pero también poderoso: Wisdom is knowing what to ignore
Te sigo leyendo, Andrés...
Cuando oigo a nuestro Presidente creo que tu maestra tenía (y tiene) toda la razón:
"La ignorancia es atrevida"...