#4 Paciencia
“Vísteme despacio, que tengo prisa.” Napoleón Bonaparte
Hay cartas que nunca llegan. Coroneles que se mueren esperando que les escriban. Toda paciencia pareciera que tiene un límite. Todo límite empieza con la definición de paciencia.
Tenemos mucha vida y nos falta mucha calma.
Hay días que vivo impaciente, adelantado a mi tiempo, no como un visionario, sino lleno de angustia. Días en que me levanto antes de que el despertador suene. Días en que me quiero bajar del avión antes que todos. Días en que corro el primer kilómetro lleno de afán. Días donde no enamoro. Donde no hay tiempo para el galanteo, para ir moviendo la frontera de a pedacitos, para ir gastando las armas poco a poco, lentamente. Días para conquistar al otro sin afán.
En cambio, hay otros que vivo sin prisa. Días que son un juego de ajedrez. Una ruptura de tiempo. Momentos en los que espero que todos se bajen del avión. Días donde corro el primer kilómetro con cabeza y despacio. Días de amanecer que se rompen con el sonido del despertador. Días donde tengo cientos de horas para el amor.
En mi caso, viví acelerado por años. De afán. Queriendo comerme el mundo y pensando que a los 30 sería un viejo, que la vida acababa a los 40, que todo tiempo pasado era mejor. Vivía de afán, por miedo.
Hoy, ya sé que todos tenemos fecha de vencimiento, pero no nos la han dicho. No nos etiquetaron con ella. No la sabemos. No la podemos ver ni descubrir, y esa impaciencia me lleva a desacelerar, antes que nada. A tomarme el café a mi ritmo. A disfrutar una siesta. A no tener FOMO por no ir a un evento. A decir “no” con más vehemencia que antes. A querer pasar mi tiempo con quien de verdad lo quiero pasar.
Dicen que cada año pasa cada vez más rápido, y yo lo que creo, es que lo vivimos cada vez con más afán. Vivimos al tope, con rapidez, desechando series de Netflix o Prime en los primeros 5 minutos, dejando libros sin leer, atragantándonos de comida como si nos la fueran a raptar. Vivimos en una carrera de velocidad, cuando en realidad es de resistencia.
Cada vez que respiramos morimos un poco, es cierto, pero es una contraprestación al regalo de la vida. Creo que nos pausamos cuando aprendemos a respirar. A bajar las revoluciones. A encontrar lo que nos apacigua. Inhalando con calma. Exhalando con tranquilidad.
Dicen que los humanos antes de morir respiran entrecortado, aplazando lo inaplazable. Ahogándose en sus propias vidas, como si quisieran en esos momentos vencer la realidad. Luchando entre el tiempo que fue y el que ya no será. Yo espero morir distinto. Con una gran inhalación.
Hoy, tengo más paciencia que antes, aunque se que tengo menos tiempo que antes. Paradoja de la vida. La paciencia ha sido una pequeña parte de una gran guerra en la que combato. Ha sido una lucha por no debilitarse a uno mismo, sabiendo más que cuándo hay que acelerar, por qué cosas hay que acelerar.
Durante años, en especial en mi adolescencia, fui un fosforito, un ser humano de mecha corta, fácil de hacer explotar y de provocar. No tenía control de mí. Era irascible. Un loco que no se controlaba por dentro y que bastaba con cualquier acción para hacerlo reaccionar. Un ser de afán con la vida que buscaba peleas por pelear.
Los años, un par de buenos golpes a tiempo de un par de rivales pero, sobre todo, la consciencia de saber que esa rabia me iba a matar, me llevaron hace años a calmarme. A encontrar trincheras para sobrellevar esa batalla.
Ahora sé que la paciencia es una virtud. Un trabajo con uno mismo. Una guerra que puede tomar décadas en aceptar pero donde al final es mejor dejar al otro ganar. La edad trae consigo esa desaceleración. Esa valentía cobarde. No porque los años sean menos afanosos, sino porque, al fin y al cabo, priorizamos y entendemos que tanto afán, solo nos aleja de los otros. De los que de verdad nos aman. Que pelear tantas batallas no valen la pena.
Somos la paciencia que tenemos, el oxígeno que nos gobierna.
“Vísteme despacio que tengo prisa”, solía decir Napoleón a su amante mientras intentaba conquistar el mundo. Una frase que hoy valoro porque mezcla con maestría el afán y la calma. Nunca pensé que algún día pudiera saber ser paciente. Hoy creo que escucho más de lo que hablo, hoy pienso más de lo que hago, hoy navego mis propios demonios con mayor permisividad, sabiendo a donde quiero llegar pero a mi ritmo. Hoy cazo mejor mis discusiones a fuego lento y evito las peleas rápidas.
De pronto he entendido que somos no el afán que tenemos, sino como lo vivimos. Somos matemáticos que cuentan en números romanos. Hoy, mientras escribo esto, se que escribir requiere personas pacientes, que respiren, que evoquen, que fluyan, no de locos que trituran los teclados sin parar, aunque muchas palabras lleven años añejándose por dentro.
Somos poesía, paciencia, palabras lentas, literatura sin afán. Somos paciencia hecha para otros, para que el tiempo no muera. Somos tiempo que debemos aprender a llevar. Seres humanos llenos de serenidad, que tenemos límites, pero que a cierta edad ya sabemos cuándo dejar de esperar esa carta que no llegará. Coroneles en retiro.
Somos la paciencia que le ponemos a nuestros límites. Somos la serenidad que nos damos. Somos las palabras que nos recitamos a diario. Somos oración:
“Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedo cambiar, y la sabiduría para conocer la diferencia.”
Somos la paciencia con que vivimos nuestro afán.

Me encanta el ritmo que está cogiendo coincidencialmente con este escrito que habla de la paciencia. Interesante como van apareciendo los temas como prendas que se va quitando 👏
Andrés, excelente capitulo, y como dice Jean-Jacques Rousseau ...La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce...y así es. Abrazo.