#42 Mi cuarto
“Hay cosas conocidas y cosas desconocidas, y en medio están las puertas de la percepción.” Aldous Huxley
Hay una puerta que abro cada cierto tiempo. Hay una imagen con la que sueño a menudo. Una de esas que regresan cada cierto tiempo y golpean, como un eco, en medio del sueño. Un TOC onírico.
Estoy en mi cuarto de infancia y adolescencia, acostado en un colchón, y a cada lado hay una puerta. Una da hacia mi casa y la otra hacia la de mi vecina, que era mi tía, la hermana mayor de mi papá.
Es una imagen real, palpable, porque así fue por años. Esa puerta existió hasta que ambas casas se vendieron.
Por casualidades de la vida, nuestra vecina en Las Villas era mi tía Lucía. Un día —no recuerdo cuándo ni por qué— decidieron abrir una puerta que comunicara nuestras dos casas. Seguramente fue para ellos solo tumbar dos muros, uno de cada lado, y poner una puerta de madera, pero para mi fue todo.
Esa puerta daba al patio de ropas de ellos, pero salía desde mi cuarto —que antes era el de la empleada—. Como conté alguna vez, a los siete años decidí mudarme allí, en un acto de libertad, y hacer de ese espacio mi mundo. Era un cuarto alto, con afiches de Millonarios en las paredes y un escritorio donde se suponía que debía hacer las tareas que casi nunca hice.
Había dejado el cuarto que compartía con mi hermano y me había apropiado del de servicio, grande para la época y deshabitado desde hacía años solo para mi. Yo era apenas un niño de siete años colonizando un territorio nuevo. Un pequeño Armstrong aterrizando en su propia luna.
Durante años, esa puerta fue un símbolo para mí. Era la posibilidad de tener dos casas y no solo una; el juego de entrar por donde mi tía y salir por mi casa; la certeza ingenua de que, si se robaban una, se robaban dos.
Hoy sé que esa puerta es una imagen que me recorre como un fantasma. No sé qué significa, ni qué quiere decir, pero sé que me habita. Me sueño con ella: abriéndola, impidiendo que otros entren, curioseando lo que hay al otro lado.
Todos tenemos fronteras imaginarias que los sueños nos hacen cruzar.
Mi cuarto era mi mundo, ese refugio donde me protegía. Las puertas eran mis fronteras y mis travesías. De un lado daba a la cocina de mi casa; del otro, al patio de ropas de mi tía. Siempre pensé, cuando vendieron la casa, que esa puerta debía taparse. Y aunque sé que lo hicieron, me gusta imaginar que hay caminos que nunca se cierran. Cuando sueño con ella, aun ahora, puedo pasar de un lado al otro, o cerrarla por fragmentos.
Somos los fantasmas que nos habitan y los pasadizos que recorremos.
Los sueños recurrentes son eso: recordatorios.
Los míos no traen personas, sino lugares. Rincones de mi casa de infancia. Fragmentos míos.
Imágenes ligadas —ahora lo entiendo— a la libertad y a la seguridad: la falleba grande del garaje que había que pasar cada noche; los candados y las varillas de hierro; la chapa que debía cerrarse bien. Incluso un hueco diminuto entre las puertas del garaje —apenas cabía un papel— que en mis sueños parece capaz de dejar pasar una persona.
Sueño mucho con esa casa: conmigo dentro de ella, con superpoderes, volando, recorriendo sus techos altos y piramidales.
La imaginación es pasado, porque recrea en presente lo que alguna vez fuimos. Está ahí para llevarnos de regreso a las casas que habitamos y a los cuartos que nos definieron.
Somos también como recordamos esa primera casa, ese primer hogar, ese primer refugio. En nuestra mente quedaron imágenes que aún buscamos descifrar.
Yo tengo puertas que abren mundos. Dos casas en una. Un cuarto que fue franja y frontera. Todavía sueño con él: con esas dos puertas en un mismo espacio, una que conducía a los Gómez Villamizar y otra a los Ángulo.
Somos así: extraños que vivimos de recuerdos, de sueños y de subconsciente.
Somos lo que recordamos, no solo lo que vivimos.
Somos ese eco de un cuarto de techos altos, y ese sueño que insiste cada cierto tiempo, recordándome que quizás no he cerrado esa puerta.
Que la infancia no termina con la edad. Que los miedos y las curiosidades siempre nos persiguen.
Poner la falleba en el garaje. Soñar con las puertas de la casa. Visitarse por dentro y abrir nuevas puertas de percepción.
Hace poco, para dormir, recorrí mi casa en la imaginación. Pasé por el garaje, el estudio, los niveles. La visité, aunque ya no exista: ahora es una casa-oficina, y la de mi tía, un edificio. También recorrí la de mi abuela, como quien mira fotografías antiguas buscando encontrar el hoy.
Todos tenemos una casa de infancia, un cuarto que se nos aparece en los sueños para recordarnos que fuimos, que estuvimos. Todos tenemos fronteras que en la realidad no existen, y eso —lo hermoso, lo paradójico— es lo que hace del sueño un espejo: nos permite encontrarnos a nosotros mismos mirandonos a traves de otros.
Hay imágenes que nos persiguen: la mía es esa puerta de infancia y adolescencia, real e imaginaria a la vez. Una puerta que en los sueños vuelve a abrirse. Que nunca se ha ido.
Somos los fantasmas que nos visitan de noche. Somos la noche que recibe a los fantamas. Somos puertas y cuartos de los que nunca realmente salimos.


Me gusta mucho como escribe Andrés, me gusta que parece ser de mi misma generación, en la misma parte de la ciudad y con pensamientos y lenguajes comunes
Recuerdos con nostalgia …