#43 Música
“Puedes decir lo mismo con palabras, pero la música lo hace inolvidable.”T. S. Eliot
La vida sin música es analfabeta.
Todos tenemos algunas canciones que nos marcan la vida, no necesariamente por su ritmo, su letra o su género, sino por nuestro momento de vida y lo que significaron. Por cómo nos golpearon sin hacernos daño. Por cómo nos marcaron para el resto del tiempo. Todos tenemos letras y ritmos escritos en la piel, que nos recuerdan lo que vivimos.
Somos música que guardamos en el alma, nocauts a los que hemos sobrevivido. Somos sobrevivientes de canciones que aparecieron de la nada, y que aún hoy, nos sabemos sin saber por qué.
“Cuántas veces escuché no puede ser… pero en tus ojos podía ver que algo sentías’” es la que, por ejemplo, abre mis fiestas de quince y me pone a bailar (mal, pero a bailar) en los clubes sociales de la época. Una canción que me acuerda de lo que fui. Una canción que huele a miniteca y que viene con luces y strobers, con la adolescencia que tuvimos y con las primeras amigas que conocíamos.
Somos melodías que llevamos sin saber, y que, de repente, como un olor, nos llevan al pasado. Nos ponen en otros espacios que nos hacen vivir como si estuviéramos allá. Música como la de la misa del colegio, que, aunque no la profeso, me hace acordarme de esa capilla enorme y fría del San Carlos mientras cantábamos: “Morning has broken like the first morning. Blackbird has spoken like the first bird. Praise for the singing, praise for the morning.”
Hay canciones que me regresan a la infancia – a la mía y a la de mis hijas, cómo la “iguana que tomaba café” y todos los Canticuentos o “la tortuga Josefina, va cantando…”, de El Bosque Encantado.
Música que viene con risa como la de Les Luthiers, que me lleva a la casa y a acordarme de como “La moza salióse a lavar la ropa, la lavó, la lavó en el lavadero y cantando la secó…”.
Música reflexiva que huele a filosofía y a mi hermana: “It’s not time to make a change… Just relax, take it easy, you’re still young, that’s your fault…”
Música como la de 440 y el gran Juan Luis Guerra que me alegra el alma: “Yo era de un barrio pobre del centro de la ciudad, ella de clase alta pa’ decir verdad” … “o música como la de Depeche Mode: “All I ever wanted, all I ever needed, is here in my arms.” Que tiene ritmo discotequero.
Al final, no son las canciones que más nos gustan, sino las que más nos marcan. Dos conceptos distintos.
Ir a Bambuco, ir a Tower Records, entrar a Apple Music, navegar en Spotify, fue apostarle al tiempo y a la vida. Fue poner cassetes y voltearlos, fue poner un CD, y grabar canciones no para no olvidarlas a ellas, sino para no olvidar lo que fuimos.
Somos las canciones a las que le debemos la fortaleza, como la de despecho “La prefiero compartida antes que vaciar mi vida” … “no será la primera vez, hoy te vas tu mañana me iré yo” y tantas otras.
Canciones de Silvio en mi Walkman, mientras aprendía que “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida” y mientras me cuestionaba “si alguien roba comida y después de la vida, ¿qué hacer?”. Canciones que se quedaron en mi laberinto, como la de un cantautor que nunca más oí, pero que recuerdo la tocó un mexicano en Notre Dame -mientras estudiábamos- y que decía: “Por favor tenme miedo, tiembla mucho de miedo mujer, porque no puede ser…”
Canciones, muchas, cualquiera de Pedro Guerra, del gran Joaquín Sabina, de Rubén Blades, de Jarabe de Palo, de Drexler, que me enseñaron de crónica y poesía.
Somos las canciones que llevamos y ellas nos llevan; somos las que nos dan el chance en la carretera de la vida para montarnos en ella, para recordar, aunque luego nos dejan en el mismo lugar de partida.
Somos “Bohemian Rhapsody”, somos “With or Without You”, somos también Chicago y ese amor de 12 años. Somos vallenatos que oímos mientras veíamos “que un gran nubarrón se alza en el cielo…” y somos también “We are the champions” cuando cruzamos metas que pensábamos que no íbamos a lograr.
Somos la música que llevamos en los ritmos que nos laten del corazón. Somos no lo que nos hacía bailar, sino lo que destapa el recuerdo. Somos Gramática de la Fantasía que se escribe, como diría el gran Gianni Rodari, pero con música de fondo…
Somos las canciones que no hemos oído pero que nos marcarán a futuro.
Al final, no tenemos solo memoria, tenemos cassettes guardados en el alma. Saber que están ahí, con música que no es porque sea buena o mala, sino porque marca momentos: porque suena a amigos y amigas en fiestas; porque nos lleva a Sayaka o a Massai; porque suena a soledad en tristezas; porque suena a calma armando Legos; porque suena a infancia que tuvimos; porque suena a los que fuimos.
La música es otra forma del tiempo.
Nos lleva y nos trae. Nos presenta futuro y pasado. Nos arropa, nos enciende, nos rejuvenece. Canciones que nos confrontan en callejones solitarios de la vida.
Hoy sé que soy Prisioneros y su baile que sobra; que llevo algo de Charly García y su Máquina de Hacer Pájaros; que Sui Generis y su “quizás por qué” por ejemplo, me saben a universidad, a filosofía, a pensamiento crítico; que, hasta Shakira, con sus pies descalzos me sabe a trancón en la autopista, y que hasta reguetoneros con letras que ni entiendo, me saben a mis hijas…
Todos tenemos música guardada que abre la cerradura del pasado, la melancolía de saber que hubo y estuvimos y ya no somos ni estamos.
La música que me gusta siempre ha tenido más letra que ritmo, tal vez por mi incapacidad motriz de saber bailar, pero sí un oído para disfrutar de la poesía. Tengo música que guardo mientras camino; tengo caminos que oigo mientras escucho música. Tengo pasos que tienen ritmo.
Tengo amigos melómanos que conocen no solo de géneros y de historia, sino que diferencian una buena canción de otra. Yo, la verdad, solo diferencio de momentos y de otros. Solo recuerdo, como un puño o una pausa, lo que la canción significaba.
Solo recuerdo que siempre, al final, en medio del dolor me repito: “There’s a little song I wrote for you, don’t worry, be happy…” porque la música debe ser eso: el sonido que nos recuerda que estuvimos vivos en algún momento y que siempre habrá -querámoslo o no- una vida que estamos escribiendo.
Una vida llena de música, que nos hace profundamente alfabetos. Una música que suena mientras escribimos…


Todavía y no sé dónde, cuando oigo Pueblito Viejo me pongo melancólico. Es raro
Te sigo leyendo ...