#44 Cuentos
«El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector a su vez pueda contarlo.” Julio Ramón Ribeyro
Somos las historias de los otros, y somos otros en cada historia.
Juli, mi esposa, dice que tengo una capacidad de mientras ella habla por teléfono reconstruir -y a veces hasta mejorar- las historias que ella está hablando con su mamá o sus amigas, porque a pesar de oír solo un lado de la historia (la de la voz de ella), la verdad es que voy imaginando y completando lo que está sucediendo en el otro lado. Cuando ella cuelga o cuando se termina la conversación, yo igual pregunto para ver si la ficción fue igual a la realidad.
Me encanta oír conversaciones de otros, chismes de personas que no conozco, coleccionar historias, memorias, fotos, frases, que luego me sirvan para contar mis propios cuentos. Me encanta hacerme el dormido – o estar en estado somnoliento- y oír lo que pasa al lado, siendo testigo, pero no participe. Ir a las visitas donde la abuela o la suegra, y mientras descanso, oír el cuento completo.
Soy un comunicador curioso, al que le encantan los cuentos. Hace muchos años escribí uno llamado Ladrón de cuentos, de una persona que toda su vida se dedicó a oír las historias de los otros, (en las calles, las mesas, los buses, etc.) y luego llegar a su casa a contarlas como propias.
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Siempre me gustaron los cuentos, contarlos y oírlos. Siempre me llevaron desde la infancia a abrir un mundo distinto, y luego, a lo largo de mi vida, a querer primero escribirlos y contarlos, y ahora de adulto, hacerlo parte de mi vida, mis talleres y una forma genuina de conectar con otros. Oír historias, contar historias. Mientras corremos, mientras vamos en un trancón, mientras conocemos a otros.
Antes, me daba un poco de pena decir hay un cuento o una historia sobre… ahora sé que es parte de lo que soy y que es la mejor forma de iniciar o provocar una conversación.
Contar cuentos, oír cuentos, es parte de lo que soy y de lo que me gusta.
Somos humanos llenos de historias, que nos encantan las historias de los otros, y a veces las propias. Seres que sabemos que sin historia no hay cuento, y sin cuento somos efímeros, olvidables, frases que se dejan abiertas -como frascos- y se evaporan.
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Escribir este libro es, en el fondo, contar mis cuentos a mi manera. Con las exageraciones propias, con las limitaciones propias, con las ideas propias y de otros, para ser yo mismo.
Somos la sumatoria de las historias que nos contaron, de cómo nos programaron, de qué religión nos inculcaron; somos eso, en el fondo, partes de una historia que luego condensamos en un libro llamado vida.
Somos hojas en blanco que nos encantan llenar de garabatos, de letras, de sin sentidos, que luego, con la vida se hacen clarividentes. Todos tenemos nuestro propio braille.
Somos cuentos que nos echamos, somos cómo nos hablamos, lo que somos y lo que nos decimos. Somos esos seres humanos que se levantan con pie derecho o con neblina. Somos las historias que hacemos propias, aunque hayamos sido apenas coprotagonistas o actores secundarios.
Cada uno tiene una historia; el reto es la valentía de contarla, de escribirla. Todos tenemos tíos que contaban historias o sobre los que se tejían historias. Mi tío Luis, por ejemplo, del que decían había sido boxeador, torero, entre otras muchas cosas. Todos tenemos una genealogía que nos gusta escarbar, no para encontrar linajes, sino para saber las historias de cómo pudimos ser y no fuimos, de cómo hubo una palabra que se disipó, una tía monja y un tío cura, una familia casquivana que abrió piernas y puertas, un familiar loco que un día se fue a buscar fortuna como si fuera un vallenato.
Y está bien, esas historias son las que nos hacen, las que nos completan. Las que nos definen. Una familia sin historias propias termina en abismo.
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Escribir los cuentos que nos gustan, echar cuentos, ayudar a otros a contar sus cuentos, es parte de lo que soy, porqué, aunque amo el silencio, soy fragmento y palabra, verbo y adjetivo, pero también sé que soy ese lápiz negro mirado 2 que muchas personas necesitan para ayudarles a reconstruir sus historias.
Tengo mala letra, pero la corrijo con los buenos cuentos.
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Siempre me ha gustado que me lean cuentos, pero me gusta más aún leer los propios. Oírme en voz de otros. Siempre me gustaron los cuentos porque mezclan la paciencia con la ansiedad. Me acuerdo, por ejemplo, de una enciclopedia llamada El Mundo de los Niños, editada por Editorial Salvat, que tenía un tomo entero de cuentos y de historias que yo devoraba; siempre me gustaron las fábulas, Rafael Pombo, los tres cerditos y todos esos cuentos. Siempre me gustaba esa colección llamada “Su propia Aventura” que permitía al lector escoger en cada capítulo dos opciones. De grande, sé que me gustan más los cuentos que las novelas, las biografías más que las novelas, los microrrelatos más que las novelas. Lo sé, porque, al fin y al cabo, soy curioso y sufro por ello de ansiedad.
Un buen cuento, lo mantiene a uno de principio a fin pegado. Una novela gana por puntos, un cuento debe ganar por nocaut, creo que dijo alguna vez Julio Cortázar.
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Estoy seguro de que algún día mis hijas, y los que me sobrevivan, contarán cuentos sobre mí, así como yo he contado sobre ellas y sobre mis antepasados; así como yo haré cuentos de los que se vayan antes que yo, y ya he hecho de los que se han ido.
Cada entierro, cada funeral, es un momento para recordar a los otros con anécdotas, con cuentos, con historias de su paso por la vida.
Somos palabras capaces de armar historias, porque somos historia.
Estamos en presente reconstruyéndonos mientras escribimos.
Somos los cuentos que tenemos y los que tendremos, una forma de vencer a la muerte.
Al final, hasta en la lápida, contamos un cuento. Yo no sé si eso es cierto o no eso de escribir en la lápida una frase, pero siempre fue una pregunta que me fascino: ¿Qué dirá su epitafio? No sé aún lo que quiero que diga el mío, lo único cierto, es que contará en presente que somos y fuimos historias.
Todos, en el fondo, somos y seremos siempre puro cuento.


Mucho cuento
Siempre me acordaré de su cuento Primer hombre, Primera mujer …