#45 Libertad
“A un hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal frente a las circunstancias, para decidir su propio camino.”V Frankl
Somos frontera y territorio.
Los que amamos la libertad sabemos que somos fronteras: que cuando nos sentimos arrinconados tratamos de escapar, pero que cuando sentimos que hay territorio tratamos es de delimitar.
Soy un convencido de que aquel al que le dan total libertad puede establecer mejor los límites propios de actuación. Así soy, así crecí, así me educaron en una familia que a mí me tocó más libre, pues fui el menor de cuatro y la libertad pasa también por el entendimiento de esta.
Que recuerde nunca, o casi nunca, que no es lo mismo, pero es igual, me castigaron. Seguro por eso tampoco me gusta ni creo en castigar. Hoy pregono que aquel que crece en libertad pregona la libertad. Aquel que pregona la libertad vive la libertad. Mi mamá siempre me impulsaba a ser aún más libre e incluso acolitaba mis caprichos.
En transición, por ejemplo, mandaba excusas al colegio para que no me dieran leche en el almuerzo, si no gaseosa; en la adolescencia, preparaba con pasión y simpleza el plato que uno quisiera comer; le pedía a mi hermana Marthica que me hiciera las tareas de dibujo o arte o los mapas que yo no quería hacer, o que no estaba capacitado para hacer.
Suena raro, porque podría verse como complicidad, pero en el fondo era una lección de libertad. No hagas lo que no quieres hacer. Ella y mi papá me enseñaron la libertad no quitándomela, sino dándomela.
Al final somos la libertad con la que nos educan.
Estudié en un colegio que, en primaria, coartaba la libertad. Hacía filas, silencios; no se podía hablar en el bus; había que comerse todo en la cafetería. Era una pequeña prisión verde en la que cualquier acto de rebeldía era castigado por las monjas. Crecí en el mismo colegio en donde, en bachillerato, la libertad lo era todo: cómo vestirse, qué decir, qué hacer, fumar o no, llevar aretes, pelo largo, etc. Ese mismo campo verde, regentado por curas, era solo espacio para el tiempo.
Escribo esto mientras pienso en la libertad, en la capacidad de reírse de ella y de angustiarse cuando no está; en el acto hermoso de sabernos tan libres como nuestros pensamientos sean, y tan esclavos muchas veces como nuestras acciones. Escribo esto y pienso en que crecí libre.
La libertad es una escogencia propia.
Somos solo tan libres como nuestra imaginación nos deje; como los guiones de otros juegan en nuestra mente; somos solo tan libres como los miedos que vencemos. Como los puentes que vemos donde otros ven abismos.
Este libro ha sido una cuota de libertad y censura al tiempo: libertad para escoger qué decir, cómo decir y cuándo decirlo; y censura para narrar historias sin afectar a los otros. Cuando lo empecé, conversé un día con mi esposa sobre el libro y le dije que lo iba a hacer, y su cara dejó clara la angustia: no podía contar todo de todos, como si fueran transparentes.
Soy libre de narrar mi mundo, de correr fronteras, pero cada uno tiene una intimidad que protege, que no hay que exponer porque, como los rollos antiguos de fotografía, se velan con la luz.
Hoy sé que somos censuras que nos hacemos, atentados pequeños a una gran libertad, pero que a largo plazo tienen y hacen sentido. Cuando uno es el que limita su libertad, es doblemente libre. Conoce la frontera y el territorio.
Quisiera haber tenido mayor libertad de escribir sin que mi otro censor —yo mismo— me hiciera borrar, reescribir, repensar, expresar. Seguramente, si hay otros libros, otros mundos, eso pasará. Será otro género. La ficción aguanta todo, la biografía no.
Nunca somos tan libres como cuando soñamos; allí, en esos sueños, no controlamos lo que sucede. Nunca somos tan libres como cuando nos enamoramos, allí creemos en el infinito. Nunca somos tan libres como cuando estamos solos con nosotros mismos y nuestros miedos. Allí somos espejo y reflejo.
Ser libre es un acto no negociable. Ser libre es una forma de entender el mundo; ser libre es vivir la libertad que nos dan, y es usar toda aquella que tomamos.
Es raro este capítulo, porque soy libre de hablar de lo que quiera sobre la libertad y, sin embargo, parezco un monje de clausura. Mido las palabras. Mido los espacios. Mido los silencios, esa palabra hermosa que atormenta más que las palabras, y que es la única palabra que al escribir ya no existe.
Siempre me ha costado mucho el respeto a la autoridad, a la imposición ilógica de la misma: el “sí porque sí”, “porque yo mando”, “porque yo lo digo”, “porque así es”. Siempre lo he sentido como afrenta a la libertad.
Siempre me ha gustado más la escogencia, la capacidad de estar en el laberinto propio que se crea, la necesidad de sentirse en un territorio y un campo de juego, y no solo ser un arquero que no puede salir. Prisionero de su arco.
Pienso y recuerdo la felicidad que me da la libertad de leer lo que quiera y donde quiera; de escuchar lo que quiero; de ir o no a un evento o a una fiesta; de escoger.
Pienso en la libertad que dan los años, pero también en la dicotomía: escogemos mejor, pero tenemos menos tiempo.
Insisto, es raro, pero en estos 50 años y en estos capítulos tenía que hablar de esa libertad extraña que tengo, que vivo, que sueño, que recorro: esa libertad no profunda y tal vez submarinista de observar; esa libertad que no negocio, en la que no acepto imposiciones, que no soy lo que otros quieren que sea, pero que me censura y me cuida a mí mismo, precisamente por esa libertad.
Ahora lo sé: soy la libertad que me doy, la dosis de censura que me impongo (otra libertad), pero sobre todo el concepto de saber que somos como somos, no como nos impongan ser.
Un breve canto a esa libertad en estas cinco décadas, un breve mensaje para los lectores del futuro, del hoy, para recordarles que la vida es apenas una dosis de libertad, una dosis que nos damos en pociones pequeñas.
Somos campos, pero, sobre todo, somos libres para escoger si los vemos como frontera o como territorio.


Me gusto mucho, me identifique con tu Mamá. Yo odio castigar a mis hijas y aveces me critican el no hacerlo.... no creo en esa forma de educacion.... . El tesoro mas gracnde de la vida, tener la libertad de ser uno mismo....
Este capítulo lo define mucho a usted !