#47 Serenidad
“Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz.” Leonard Cohen
No siempre la tengo, no siempre la tuve, pero ahora hace parte de esa sensación de liviandad que me permite flotar mientras corro, sumergirme en el agua mientras nado, perderme en una caminata mientras la ciudad y su murmullo me rodean.
Somos la serenidad que tenemos, la capacidad de saber qué peleas damos y cuáles no; la tranquilidad de tener, a los 50 años, su ritmo y su prosa.
Somos eso que tanto nos faltó en la adolescencia, que tanto nos atormentó en la jungla de cemento que vivimos, que tanto me atormentó en cada tiro de esquina y en cada contragolpe. Somos la serenidad que transmitimos, la que usamos cuando cerramos los ojos, cuando soñamos despiertos, cuando aquello que nos saca de quicio se puede archivar.
Tuve muchas peleas y perdí muchas, una en especial por nocaut. Inolvidable. A veces debemos aprender la serenidad noqueados en el piso, después de una buena paliza que nos dieron.
Milmer era dos o tres años más grande que yo en el Colegio, lo cual en años humanos es casi una década. Usaba gafas, era tranquilo, no molestaba a nadie. Tenía una chaqueta gruesa. Nunca lo había visto en el colegio ni me había cruzado con él, pero la vida quiso que me enfrentara a él en una pelea desigual. Yo pegué un solo puño, el primero, y él pegó los siguientes cien, en una mezcla de patadas voladoras, gritos, karate, jiu-jitsu, taekwondo y toda forma de lucha que solo veía en Dragon Ball o en Nintendo.
El resultado fue claro y sencillo: Barrabás noqueado en el piso del colegio, en la cancha pequeña, mientras un silencio recorría esa grama y mis compañeros lanzaban los lamentos que ni yo por el dolor podía lanzar. Había sido noqueado en una pelea que yo mismo había iniciado sin razón.
Yo había sido el provocador, yo había ido a buscar lo que no necesitaba, yo había conocido —en una primera cita— a un ser humano que solo le dijo al Padre Francis, mientras me llevaba a la rectoría con la cara ensangrentada: “Padre, él empezó. Él lanzó el primer puño. Yo solo me defendí”.
Era cierto. Era textual. No mentía, igual que sus golpes. Eran ciertos. Textuales.
Lo que yo no sabía era que él era un consumado experto en artes marciales, que la chaqueta que llevaba puesta —y que yo pensé era abullonada— era realmente una windbreaker, y que el abullonado era él; que era famoso por poner el pie encima de los lockers con un solo movimiento, y que yo había escogido al peor rival para iniciar una pelea.
Sin embargo, hoy le agradezco a Milmer y lo recuerdo sin dolor. Aprendí de serenidad ese día, y mucho, mientras llamaba a mis papás, y mientras llegaba de regreso a la casa con la cara hecha una caricatura.
Recuerdo que mi abuela, que debía tener por entonces como noventa y pico de años, solo atinó a decir: “¿No deberías aprender a defenderte?”. Lo que ella no sabía era que yo no me había defendido: había atacado, porque había iniciado la pelea y no tuve opción de defensa.
Hoy sé que la serenidad es tranquilidad sostenida, incluso en situaciones difíciles; claridad para pensar sin dejarse arrastrar por la ansiedad; control emocional consciente, no impulsivo. Y que ese Andrés de 16 años que tuvo una pelea que lo marcó de por vida es sereno.
Somos los golpes que nos buscamos y que no esquivamos. Somos sobre todo, las peleas que perdemos.
Luego, con los años, aprendí la Oración de la Serenidad, esa que usan los Alcohólicos Anónimos, y me golpeó de nuevo. Esta vez tenía casi 40 años cuando un día la vi, la entendí y se tatuó en mí: “Señor, concédeme serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar,
valor para cambiar lo que sí puedo, y sabiduría para reconocer la diferencia”. Aunque no profeso la religión, hay frases que me santiguan.
Luego, en una charla casi a mis 50 —unos meses antes de escribir esto— alguien con una vida llena de golpes la explicó de manera tan sencilla y hermosa que me encantó:
“No hay que mirar el pasado, allí ya estuvimos. Hay que entender el hoy, pero, sobre todo, no hay que justificar lo que fue, sino trabajar en lo que viene”.
Reírse del futuro y mirarlo de frente, en vez de enfrascarse, pensé yo.
Somos frascos que quedan abiertos. Somos también vidrios que se rompen, porcelanas que, a fuerza de momentos de vida, nos vamos construyendo.
Y eso ha sido parte de este viaje de serenidad: parte de esa búsqueda de encontrar no solo lo que me calma, sino aprender a no dar peleas que no valen la pena, a escoger las batallas, a respetar al otro, a cambiar de acera en discusiones inútiles. A no buscar provocar a nadie…
Sé que la serenidad es, en el fondo, autocuidado. Saberse capaz de no dejarse llevar como el viento en medio del mar; la capacidad de asentarse en el piso un rato, de elevar el silencio, de profundizar en el aire que entra y sale.
Somos tan serenos como aprendemos a controlarnos, y somos tan controlables como entendemos la serenidad.
Hay peleas que lo noquean a uno, y otras que lo despiertan. Tal vez desde ese día no entro a una pelea provocada por mí (a excepción de los partidos de fútbol, donde ya expliqué que salía Barrabás en cada balón, y sin él), pero sí me volví más agudo, no con los otros, sino conmigo mismo.
La serenidad es un rostro que vemos cuando nos miramos en el espejo y sabemos que podemos parar, respirar y fluir. Es escribir en una hoja en blanco sin afán. Es teclear despacio cada palabra y luego volverla a leer para sonreír. Es saber que cada cual libra sus batallas y no querer provocarlas.
Somos serenos. Somos las caídas que tenemos. Las grietas que la vida nos obligó a admirar, porque por ahí también entra la luz. Somos ese golpe que, menos mal, no esquivamos…


Buenas reflexiones ...