#5 Optimismo
"El optimismo es la óptica con que uno se mira a sí mismo". AGV
Tendría 5 o 6 años y esperaba al Niño Dios como cada diciembre. Le había escrito una carta a mano, con mi letra fea en un papel lleno de tachones, pidiéndole una bici, un campeonato para Millos y/o un balón. Le había pedido y rezado con la fe que todo niño tiene, y lo había hecho en especial por la bicicleta. La fe era mi optimismo. Era mi esperanza.
Ese día, 24 de Diciembre del 1981 o 1982, al final me la trajo: era una bicicleta Monark azul, espectacular, con calcomanías, muy pesada frente a la Mongoose de un amigo del barrio, pero con una diferencia total, era mía, sola mía.
El “Niño Dios” la dejó en mi cuarto del Barrio las Villas sobre mi cama. Era la bici que había pedido, soñado, era la respuesta a la plegaria. Era el deseo convertido en realidad.
La magia de ese día de la infancia me marcó para siempre en la vida.
Somos lo que de niños nos hicieron. Somos los sueños que hacemos o que otros nos hacen creer. Aún, años después, recuerdo como papá y mamá generaban un ruido cada nochebuena, un estruendo en una zona de la casa mientras sacaban los regalos (la bici, o lo que fuera) y nosotros, los hijos, estábamos en otra zona mirando al cielo. Era un truco perfecto. Yo miraba las estrellas bajo la compañía cómplice y vigilante de mis hermanos, y en el entretanto papá y mamá sacaban del escondite los regalos. Era puro truco y engaño, pero también pura complicidad. Eran ellos dándome de probar sorbos de optimismo, haciéndome creer en la posibilidad.
Hoy, sé que esa es la magia: el espectador que ve el truco en el mago y aplaude, sorprendido, disfrutando el saberse engañado. El ser humano, adulto, joven o niño que ha seguido el truco no para capturar su error, sino para celebrar su capacidad. Para dejarse ser y creer. Es el adulto que sabe que la magia no está en el regalo, sino en toda la parafernalia que lo rodea y en quien lo entrega. Es el ser humano que sabe que al final la ilusión se hace realidad. El que sueña que lo que va a pasar, pasa. Hoy sé que ese truco y esa magia, se llaman optimismo.
Dicen que somos la sumatoria de las personas con las que nos rodeamos. Con quien escogemos un café, una familia, una vida. Somos la infancia que tenemos a los cincuenta. Somos, si estamos rodeados de optimistas, personas que saben que no todo saldrá bien, pero que siempre saben que hay un camino para encontrar una salida.
A mí me gusta la gente que las ve, que encuentra en el problema la fascinación por resolverlo, el acertijo para hallarlo, la ecuación para despejar. Me divierte mucho los acertijos, los laberintos, los sudokus, los Queens, por el simple hecho de que reafirman esa creencia: sé que tienen solución y el reto es encontrarlo. Se que es un juego con salida. Solo hay que darle las suficientes vueltas para armarlo. Cubo Rubik de vida.
Dicen que el optimista inventó el avión y el pesimista, el paracaídas. Para mí, ambos, eran optimistas en el fondo. Buscaban salidas.
Por salud mental, trato de no rodearme de gente negativa, la que ve el abismo donde se puede hacer un puente. La que no se imagina el puente por enfocarse en el abismo. Personas que se encierran a sí mismas en el callejón. Yo soy y sueño ser siempre al revés. Ver salidas donde otros ven muros.
Tal vez por eso me gustan tanto las ventanas. Tal vez por eso amo los laberintos. Tal vez por eso aunque entiendo el truco, disfruto la magia.
El gran escritor guatemalteco Augusto Monterroso decía en uno de sus microcuentos: “Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas”. El optimismo para mí es probabilidad de vida, no sólo posibilidad de existencia. Una forma de enfrentar la realidad.
Por eso escribo, porque creo que las palabras son para personas que ven salidas, que buscan encontrarlas, que saben que las hallarán. Escribir es un acto de optimismo y de memoria. Una forma de ver y descifrar la vida.
Hay una imagen que me ronda en la cabeza. En la infancia, viajábamos siempre en un viejo Volkswagen blanco, y yo, al ser el cuarto de los hijos, y el sexto de una familia de seis, viajaba en un puesto reservado, y acomodado -a última hora-, en la parte de atrás de ese escarabajo. Yo viajaba en el portaequipajes donde no miraba de frente, sino de lado. El espacio para las maletas de mano, era para mí. Siempre he creído que eso me llevo a ver el mundo distinto. A fijarme desde otro ángulo, desde otro punto de vista, desde otro optimismo. Siempre quise ver salidas.
Hoy sé que de mi mamá heredé ese optimismo. Lo sé, porque que ella luchó por años y años contra el cáncer sabiendo que lo iba a vencer, sin importar el resultado. Para ella, el optimismo no era derrotar a la muerte (que es invencible) sino no perder la alegría de ver y disfrutar la vida mientras nos acercamos a la muerte. Dos aproximaciones diferentes.
Somos vasos, no que miramos para ver qué tan llenos están, sino que interpretamos según nuestros ojos para darle contenido. El vaso no está lleno o vacío; es quien lo mira. Es quien se ve en el espejo, es quien se habla en silencio, es quien encuentra la forma de ver el agua, más que el vaso.
El optimismo, es la óptica con que nos miramos a nosotros mismos.
Al final, todos los días son como esas cartas que le mandamos al Niño Dios. Al final, todos los días no son como son o parecen ser, sino como los interpretamos.
Ilusiones para crear otra realidad. Ópticas con las que lo miramos, con las que nos miramos.


Me encantó la imagen de Susana. La idea del vaso lleno / vacío me hizo pensar en el proverbio Zen donde el maestro no para de servir el té y lo riega, el alumno pregunta y el maestro responde que en una taza llena no cabe conocimiento… interesante esta óptica optimista del vaso vacío.
Cuando miramos la vida con esas gafas, todo fluye!! además somos más creativos y con posibilidades de aportar desde otra óptica. Gracias!!!