#7 Hijas
“Sembrar un árbol, tener un hijo, escribir un libro.”
Adagio popular
*Para Juli, la otra mitad,
Cuando mis hijas eran más pequeñas y hacían daños, travesuras, pintaban las paredes, rompían cosas, decían mentiras piadosas, no querían bañarse o peinarse, vivían su niñez como se debe vivir -con absoluta libertad- yo no sabía si reírme con ellas o regañarlas.
Rara vez he sido un papá que regaña, prefiero ser uno que juega y que cree que allí también se enseña. Uno que se ríe de la risa misma. Un papá que aspira a dejar marcas de sonrisas. Me divierte verlas divertirse, me divierte su felicidad.
Creo en el “Laissez faire, laissez passer” como un subtexto de una filosofía que no quiere imponer límites sino ampliar fronteras. Una forma de educar que cree y profesa la libertad, la autenticidad y la felicidad, sin ponerles trabas y regaños desde los ojos de adulto.
Somos la fragilidad que nos dan nuestros hijos, y somos la fortaleza que les entregamos.
Alguna vez leí un proverbio africano que decía: “Quien planta un árbol sabiendo que bajo su sombra nunca va a llegar a sentarse, ha comenzado a comprender el verdadero sentido de la vida”.
Tener hijos es ser árbol y dejar que ellos sean sombra.
Cuando eran aun pequeñas amaba llevarlas a los parques de diversiones, al parque de la esquina, a la calle, y verlas sonreír con esa alegría que da la infancia, donde todo es nuevo cada vez e infinito. Me divirtió verlas crecer y adquirir su personalidad, aunque no siempre pudiera entenderlas. Amé esas pequeñas sonrisas de infancia de cuando les hemos ganado la partida a la rutina, a la cotidianeidad, al orden. Amé ser padre de dos hijas en esa primera etapa y que ellas jugaran conmigo mientras yo jugaba más feliz aun con ellas. Somos los niños que nos negamos a crecer, para ver siempre el mundo con libertad a través de nuestros hijos.
Yo no sé lo que vendrá para ellas. Solo espero que ese árbol y esa sombra, con pocas reglas, sea también un legado. Aún no sé cómo debo educarlas ni en qué debo educarlas. Es jodido ser padre, pero a la vez es hermoso: es luchar contra el pequeño tirano y dictador que llevamos por dentro y tratar de coronar como rey a ese pequeño hacedor de libertades.
Debo confesarlo. Ahora que son adolescentes sé que Ana, la más chiquita, es traviesa, con mucha energía, consentida y con la capacidad de argumentar de manera única cualquier tema que ella quiera, una mujer que gana por puntos cualquier discusión.
Ahora sé que Isa, la mayor, es reflexiva, tierna, analítica, sagaz, profunda y que gana por nocaut.
Isa es mi compañera de estadio, la hincha de Millos como yo, la mujer que sabe mezclar inteligencia con ternura.
Ana, es la compañera de arrunche, la gimnasta que da el bote que yo no puedo hacer, la mujer que lleva la contraria con audacia.
Ambas me manejan fácil con un hilo invisible llamado amor. Por eso, tal vez no puedo ni quiero regañarlas. No puedo hacer ni señalar lo que deben o no deben hacer, pues me sentiría en un acto de traición conmigo mismo. Sólo puedo hacer lo que soy y espero ellas vean en mí y decidan que reflejo quieren tomar. Solo puede ser como me educaron a mi.
Isa y Ana llegaron a mi vida en la década de mis 30. Isa a los 34 y Ana a los 37. Llegaron para cambiarla para siempre. Yo, un futbolista criado en un colegio masculino, no me sentía preparado para ser padre, aunque siempre lo soñé. Quería, pero no sabía cómo sería. Menos para ser padre de dos mujeres, para tener una familia de mujeres. Ellas llegaron para enseñarme a desaprender.
Muy rápido aprendí que no sabía qué darles porque las miraba desde mi óptica. No sabía leerlas, interpretarlas, no tenía pistas, solo esas ganas de un amor que se me salía por las letras y los poros cuando las veía, -veo- sonreír. Solo había una ternura brusca, como un grito de amor encerrado en una cueva, que buscaba entregar. Los hijos no traen manual. Ellas llegaron a la vida a desordenármela, a desordenárnosla. Cada una con su alma, para recordarnos que somos mortales.
Mientras escribo esto, cercano a mis 50 y con ellas hechas adolescentes, no me importa ser el conductor que las lleva, el silencioso padre que las escucha hablar con sus amigas sin poder participar, el actor secundario que algún día fue principal. Cada rol tiene su tiempo…
Por ahora, pero para siempre, quiero ser ese coequipero de Juli y ese padre de ellas cuyo tiempo con sus hijas es su prioridad. Ese humano imperfecto para quien su familia es lo más importante dentro de lo más importante. Ese ser frágil que sabe que en medio de sus defectos siempre tiene tiempo para dar amor y allí radica su valor. Ese ignorante que no sabe cómo educarlas pero cree en la libertad como la única materia obligatoria.
Ser padre, en mi caso, fue empezar a viajar con susto en avión, fue ser -con Juli- la avanzada de un ejército de familia, fue ser subcapitán de logística, entrenador, entretenedor, conductor, cocinero fatal, mal peluquero, complice, confidente, y muchas otras cosas más. Pero, sobre todo, fue ser familia.
No me imagino una vida sin ellas. No me imagino eso que Piedad Bonnet llama «Lo que no tiene nombre». No me imagino cómo serán en el futuro, pero me las imagino en libertad, sonriendo, sin techos, capaces de soñar y hacer, de hacer y soñar.
Ojalá, algún día, lean estas palabras como quien habla de nuevo con su papá por medio del recuerdo. Ojalá algún día, cuando yo no esté, y se acuerden de mí, no recuerden lo mucho o poco que les enseñe, sino que en su memoria se forme una sonrisa de felicidad en libertad.
Somos eso, la sonrisa que dejamos en nuestros hijos. La sombra de felicidad.
Los primeros años de la vida de mis hijas, aprendí a aprender y aprendí a querer de verdad. A desaprender. No estaba solo, Juli caminaba como aprendiz también a mi lado y entre los dos fuimos entendiendo a ser no solo pareja sino familia. A ser frágil y valiente a la vez, a dejar de ser uno para ser cuatro. Ser familia es dejar de “ser” para volvernos “somos”.
Hay imágenes que lo marcan a uno, que se instalan en el alma: Juli dándome la noticia con los ojos llorosos del embarazo de Isa, los dos mirándonos en el alma, muertos de alegría y del susto. Juli anunciándome que Ana venía en camino y ese abrazo de pareja del que uno no quiere soltarse.
Las noticias de un embarazo son el preámbulo de la vida. Somos sombras que nos dan luces.
El día en que ellas nacieron le ganamos de nuevo una partida a la finitud. Derrotamos la mortalidad. Vencimos en franca lid al pesimismo y sacamos pasaporte de optimismo. Creamos vida.
Tener hijas, es para mí ser árbol y sombra.
Al final, somos apenas momentos, imágenes, fotos que pasan en un reel a toda velocidad mientras ellas crecen, uno envejece y la vida, cíclica, como diría Borges, nos va dejando con ellas y al tiempo sin ellas.
Ya escribí mi libro, ya sembré un árbol, ya tuve dos hijas. Pero aún no sé si reírme o regañar. Seguro nunca lo aprenderé. Eso esta bien, ser padre es tener la capacidad de desaprender cada día. Homenaje a mis hijas, y a Juli, mi otra mitad. Somos familia. Sonrisas educadas para la libertad.


Pintar emociones con palabras
Lindo y reflexivo texto; por tramos poético. La crianza y ésta enmarcada en un matrimonio feliz son un regalo en este plano. Gracias por compartir !!!