# 8 Supersticiones
“I see dead people”. The Sixth Sense
"Nunca se mire en un espejo de noche, pues pueden aparecer las vidas pasadas." Tendría ocho años cuando alguien me soltó esa frase como una cachetada inesperada. Seguro fueron mis hermanos mayores o algún amigo con mayor experiencia en el barrio.
No importaba el mensajero, sino el mensaje.
Lo cierto, es que por años no fui capaz de mirarme en el espejo, en un espejo, en cualquier espejo, de noche. Aunque siempre me gustó ese juego de reflejos, esa idea borgiana del infinito, debo aceptar que tuve miedo de hacerlo y encontrarme una vida pasada. Una sombra nueva. Un Andrés en otro cuerpo. Otro cuerpo en un mismo Andrés.
Somos las creencias que tenemos, las que nos crean, las que inventamos, las que nos van entregando por la vida y tomamos como posibles. Vaso de agua en un punto de hidratación en medio de una maratón.
Tendría casi cuarenta años la primera vez que oí la palabra "auspicio". Pensé que era una palabra que nunca había escrito, pero que mezclaba muy bien lo sonoro con lo místico. Cuando la oí, se la oí a alguien refiriéndose a mí. “Usted tiene auspicio”, me dijo. Creía saber lo que significaba, pero no la conocía, no tenía un significante para mí.
Lo que sí sabía, porque lo sentía, era que si era cierto eso de tener auspicio. Había alguien siempre que me protegía, que me guiaba, que me acompañaba, aunque no estuvieran ahí. Personas que aún lo hacen, que mientras escribo esto se me aparecen y me hacen señas para que no las olvide. Somos eso, humanos de carne y hueso con creencias fantasmales. Somos fantasmas con creencias de humanos.
Nosotros manejamos, ellos ponen las direccionales.
Muchas veces supe que no debía ir a un partido de fútbol porque si lo hacía, seguro me lesionaba; que no debía ir a una reunión por "x" o "y" motivo porque no me convenía; que no debía tomar una ruta porque había peligro o riesgo latente. Muchas veces lo sentí, pero no supe cómo leer esas señales.
Es difícil -aún hoy- entenderlo en una mente educada en cuadernos cuadriculados Norma de tapa café, pero fácil de escribirlo en una hoja en blanco.
Recuerdo que en mi casa se hablaba de la sal regada, de la caída encima de uno de popó de una paloma, de tener doble corona en el pelo, como actos de suerte. Crecí con mi mamá susurrándome al oído “ángel de mi guarda, mi dulce compañía”, y aún hoy siento que es ella quien no me desampara ni de noche ni de día. Se que ella me transmitía el auspicio (o su significante) con esos dichos “de te casas este año” cuando uno encontraba el último pedazo de comida o bebida en la alacena, y que en el fondo, lo que estaba haciendo era educarme y programarme para creer posible lo imposible.
Desde entonces, creo que las señales me guían. Las de ellas y las otras.
Yo, aun me sorprendo con alegría de encontrarme números seguidos en una calle; de levantarme a ciertas horas 12:34:56 a.m. o 5:43:21 a.m.; de mirar el reloj y ver esos números exactos 11:11 o 3:33; de ver en la autopista dos carros con placas consecutivas. Yo aun me sorprendo de saber que hay otros lenguajes que me conversan, que me mandan señales, que establecen diálogos.
Creemos en los auspicios y augurios que nos dicen, sobre todo de quienes amamos, porque los interiorizamos a fuerza de que nos lo repitan. Reafirmamos la buena suerte que creemos tener porque así nos la han enseñado. Creemos e interpretamos según somos. Creemos que la suerte es un más allá, que le funciona mejor a los que la trabajan día a día en el más acá.
“La suerte es una mujer hermosa a la que hay que conquistar”, me dijo una vez un jefe al que admire mucho, y la verdad es que para mí es cierto: la suerte es una mujer a la que le gusta que le coqueteen día a día, una mujer que avanza mientras uno la persigue, una mujer que nos guía.
Creo en la buena suerte, creo en ella, en el instinto para tomar decisiones. Creo en la superstición de creer en supersticiones. Creo en lo que creo que creo, como me enseñó un profesor del San Carlos en una de las mejores clases de literatura que tuve en la vida. Creo en los encuentros que se dan fructíferos, creo en la posibilidad que sucede en la película “Sliding Doors”, donde una decisión de subirse o no a un metro cambia para siempre el trayecto de la vida. Creo en la suerte de encontrarse a alguien justo en el momento ideal o de dejar para siempre a una persona en el momento menos pensado. Creo que creo. Serendipia.
Somos eso, augurios, auspicios, supersticiones. Somos la capacidad imaginativa de ver el futuro en el presente, de creer en Año Nuevo y saltar para que las energías pasen por debajo como lo hacía una de mis tías favoritas; de empezar el año bailando como lo hacía mi hermano para que la fiesta no falte; o de hacer deporte el 1 de enero para que dure 365 días activo… en fin, creo en invocar al cielo en una tanda de penales definitiva, de guardar hojas de quién sabe qué (¿eucalipto?) en la billetera para que en el año no falte la plata, de llenarse los bolsillos de lentejas, en fin...
Somos eso, seres racionales que de noche hablamos y deambulamos en irracionalidad. Seres nocturnos que oníricamente buscan un espacio para dejar su voz, para oírse; seres que les gusta leer y hablar en voz alta, pero que se asustan con sus propias palabras. Somos fantasmas que asustan a los humanos, y humanos que asustan a los fantasmas. Somos augurio, auspicio, superstición.
Hoy sé que hay que siempre oír las voces internas, y que plasmarlas es parte del acto de exorcismo. Hoy sé que escribir es un acto religioso.
Somos las palabras que nos hablan en susurros. Somos susurros que se vuelven palabras.
Crecí en una familia católica que creía -sin creer del todo- en las supersticiones, pero que hacía los rituales… esa palabra. Y allí, en medio de esos rituales aprendí a hacerle caso a mi voz interior. A la voz, en bajo volumen de mi mente, a la voz de mi mamá, de mi papá, de mi cabeza, de eso que llaman consciencia: el único pensamiento que piensa sobre sí mismo.
Somos la suerte que atraemos. Somos lo que atraemos, llenos de suerte… Somos lo que nos decimos que seremos. Somos no las supersticiones en las que creemos, sino en como las desciframos. La energía que irradiamos.
Al final, crecemos oyendo historias, narraciones, dichos, formas de leer la vida de los mayores y la vida no es nada distinto que una comprobación o una refutación de los mismos.
Cada cual cree en lo que quiere creer. Cada cual es el auspicio que tiene, que atrae o que cree tener. Sensaciones visibles de seres invisibles que nos marcan. Palabras que con hechos adquieren sentido.
Somos y siempre seremos como niños que pierden el miedo de mirarse por fin a los espejos. Somos la vida pasada que todos llevamos en presente.


Léase el libro: Conversaciones con Dios de Neil Donald Walsh
Gracias 👻