#6 Ciudades
"Lo que buscas en una ciudad no está en la ciudad, está en la búsqueda misma”. Italo Calvino
En el fondo, somos ciudades propias. Somos los recuerdos que guardamos de ellas, las ilusiones que nos creamos antes de llegar. La realidad que nos recibe. Cada ciudad, como cada persona, tiene sus barrios, sus esquinas, sus callejones. Sus zonas turísticas y sus zonas oscuras. Las ciudades son parte de nuestra educación y de nuestra forma de ver y entender el mundo. Cada ciudad se deja vivir, dependiendo de quien la viva, pero sobre todo, del estado de ánimo que tengamos al momento de visitarla. Ellas también nos visitan.
Recuerdo muchas ciudades, aunque no sé si ellas se acuerdan de mí.
Cada ciudad que he visitado en estas casi cinco décadas ha sido un amor que no supo que lo tuvimos, como esas mujeres que añoramos y nunca poseemos. Decía Borges en su famoso escrito: “Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach”. Así soy yo con las ciudades: muchos hombres en diferentes momentos, muchos momentos en un solo y en un mismo hombre.
Somos transeúntes para las ciudades. Anónimos que las pisan por un rato. Fantasmas que las deambulan. Visitamos las ciudades que no conocemos como un médico a un paciente que sabe que va a morir, y aquellas que ya conocemos como quien revive un viejo amor. Vamos con ilusión y ellas nos reciben con cotidianeidad.
He vivido en apenas dos ciudades: Bogotá y Barcelona. He recorrido y conocido muchas otras, pero en perspectiva y cantidad, siguen siendo pocas. Me falta mucho mundo, me diría a mí mismo.
Somos las ciudades que llevamos en el alma, las que conocemos de memoria. Las que tenemos con recuerdos. Una ciudad en la que no tenemos vínculo de memoria es una ciudad que en el fondo no existe. Fantasma llenas de calles. Calles llenas de fantasmas.
Mi ciudad es Bogotá. Aquí nací (en la Clínica del Country, habitación 503) y aquí he pasado casi toda mi vida. Desde aquí tecleó estas palabras. Para mí, la capital es una ciudad caótica que se ama y se odia al tiempo. Ciudad bipolar: caños y parques, riqueza y miseria, miedo y felicidad.
Bogotá, es un territorio que siento propio y ajeno la vez. Yo llevo muchas de sus huellas en mi memoria, y sé que ella también me lleva a mí.
Mi otra ciudad es Barcelona, pues allí también viví. Compartí un apartamento con tres mujeres que, como yo, estudiaban la misma maestría. Vivíamos en la Calle Berlín, en un apartamento viejo viejo viejo, que olía a moho, cerca de la estación del tren. Teníamos la rutina de tomar el metro, hacer mercado en el super de la esquina y vivir la ciudad tanto de día como de noche en nuestro pequeño barrio, sintiéndonos parte de ella, pero también ajenos. En Barcelona aprendí lo que es ser extranjero. Conocí las estaciones y sus cambios en el estado de ánimo. Vi la nieve, vi la lluvia, vi el sol, pero también conocí la indiferencia. Se era nadie, porque a nadie el importaba quien era uno.
Vivir en una ciudad por un tiempo es apropiarse de solo un pedazo de ella. Pienso en Albert Camus, en los libros que alguna vez leí en mis paseos por Las Ramblas observando a la gente observar las estatuas humanas que allí se posaban y siento que en el fondo todos somos siempre extranjeros.
Barcelona fue un paréntesis de un año y medio en mi relación con Bogotá. No fue una infidelidad, sino una estancia en otra vida. Un amor con acento extraño. Una ciudad tan mía que me hizo extrañar mi propia capital.
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Las ciudades, como decía el gran Italo Calvino, son memorias. Algunas, como Nueva York me sorprenden cada vez que las visito: ella cambia y yo también. En Colombia, hay ciudades donde me siento en casa, como Medellín; y en otros países, como Argentina, hay ciudades como Buenos Aires que añoro sin saber por qué, nostalgia lunfarda.
He tenido la oportunidad de visitar muchas ciudades en tres de los cinco continentes. Me falta mucho por conocer, me falta mundo, me diría yo, pero también llevo recorridos muchos kilómetros. Conozco más de lo que esperaba, pero mucho menos de lo que existe.
Las ciudades son parte del alma de cada uno. Quien visita una ciudad y sale igual, ha perdido tanto la ciudad como la visita. En cambio, quien añora regresar ha forjado un vínculo profundo. Ha guardado una postal de memoria.
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A los 23 años recorrí Europa en tren con un Eurail Pass. Durante 45 a 60 días podía subirme a cualquier tren en segunda clase. Llegaba a la estación y tomaba el primer tren disponible. No había itinerarios, solo un destino cada cinco o diez días. Podía atravesar cinco países como quien recorre la ciclovía en bicicleta. Siempre buscaba un asiento junto a la ventana para dejarme llevar por la velocidad y ver pasar árboles, castillos y paisajes. Hacía trucos de magia en los trenes para que alguien me invitara a un café o una cerveza, como excusa para conversar y deambular. Era joven y sin cargas. Todos eran amigos, aunque efímeros y desconocidos.
Viajar en tren por Europa como estudiante fue una experiencia maravillosa. Más viejo, repetí los viajes por trabajo. Siempre intenté quedarme unos días más para recorrer ciudades como Lisboa, Washington o Londres sin prisa, usando la corbata como excusa para luego, en soledad, pasear en tenis y sin agenda.
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En mi mente guardo postales de las ciudades que he recorrido sin afán, como Londres o Berlín. Otras, como Ciudad de Guatemala, ya me resultan familiares de tanto visitar y se me parece cada vez más a Bogotá. Algunas, como Miami, me aburren rápidamente; otras, como Montreal u Ontario, se vuelven borrosas. Sitges tiene su magia y nostalgia, Lisboa su sorpresa, y Tokio me confunde entre su calma y su caos. Villa de Leyva, desde el primer día, me da paz y bohemia.
Hay ciudades que añoro conocer, que esperan mi visita, aunque ni ellas ni yo sabemos cuándo será. No tenemos agendas definidas.
Me gusta viajar. Me gusta entrar en una ciudad como Meteora en Grecia y deslumbrarme con sus montañas, y su espiritualidad. Me gustan las ciudades con historia, como Roma, porque me hacen sentir insignificante. Me gustan las ciudades como Viena que me sorprenden y son laberintos de belleza. Las ciudades me recuerdan lo pequeño que somos y lo efímeros que seremos. Espero, en el futuro, conocer y reconocer más ciudades. Ir a países como Turquía, el Lejano Oriente o África y allí perderme en sus ciudades. Forjar relaciones, construir trincheras, abandonar barcos.
Aún hoy, me gusta llegar a una ciudad y ver los aeropuertos o las estaciones de tren y embarcarme ahí mismo en sus calles. Ver su caos y su orden, sus taxis, locales y entorno; recorrerlas como quien entra en un laberinto buscando por primera vez no encontrar la salida. Me gusta observar a la gente local, caminar sus andenes, tomarme un café, visitar estadios y librerías y ver la ciudad en sí misma. Me gusta perderme sin preguntar direcciones; me gusta esa sensación de no tener miedo, por qué cuando uno no sabe dónde está, no hay peligro a la vista.
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Somos ciudades, aunque para ellas no seamos más que sombras pasajeras. Somos las ciudades que vivimos, pero, sobre todo, las que nos habitan. Somos el mundo que conocemos, aunque nos falta mucho por conocer. Me falta mundo, me diría yo a mi mismo. Somos recuerdos de las ciudades que vivimos, somos sus cicatrices, sus fantasmas. Lo que ellas nos dejan luego de que nos hemos ido: amores de días.
Nos falta mundo, nos sobran ciudades, me corregiría yo a mí mismo. Nos falta tiempo para ser y estar en ellas, en otras calles y vidas. El mundo es enorme y nosotros, insignificantes.
Hemos llegado a la Luna sin conocer del todo la Tierra, sin conocer del todo sus ciudades. Hemos ido a muchas ciudades sin conocernos aun del todo. En el fondo, todos somos también ciudades propias y en construcción.


buenísimo!
Andres disfruté el paseo virtual por muchas de las ciudades nombradas y coincido en que repetirlas es como encontrarse con un viejo amor.